domingo, 12 de marzo de 2017

viernes, 17 de febrero de 2017

La poesía argentina de los años 30.

Acta literaria

versión On-line ISSN 0717-6848

Acta lit.  n.38 Concepción  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-68482009000100006 

Acta Literaria N°38, I Sem. (71-89), 2009
ARTICULOS

La poesía argentina en la década de 1930: Un problema historiográfico
The Argentinan poetry in the 30s decade: A historiographic problem

Aníbal Salazar Anglada
Universitat Ramon Llull. Email: anibalsa@blanquerna.url.edu. España.

RESUMEN
El presente trabajo aborda desde una perspectiva crítica una de las parcelas más controvertidas de la historiografía referida a la poesía argentina moderna: la llamada "generación de 1930", los novísimos, quienes toman su nombre de la antología titulada La novísima poesía argentina (1930). Su compilador, Arturo Cambours Ocampo, se erige en mentor (e inventor) de una generación poética, la del 30, cuya tentativa de instalarse en la historia literaria nacional va a suscitar una ardua polémica en los medios críticos.
Palabras claves: Poesía, Argentina, Generación de 1930, Arturo Cambours Ocampo, novísimos, historiografía, antologías, canon.

ABSTRACT
This paper is a critical study from one of the most controversial topics in the historiography of modern Argentinan poetry: "La generación de 1930", known as the novísimos. They took their name from the anthology entitled La novísima poesía argentina (1930). The compiler is called Arturo Cambours Ocampo, which he is the mentor and inventor of "La generación de 1930". Ocampos temptative of installing himself in the national literary history, will generate a great controversy in the literary criticism.
Keywords: Poetry, Argentina, Generación de 1930, Arturo Cambours Ocampo, Novísimos, historiography, anthologies, canon.


LOS OLVIDADOS AÑOS 30 EN LA POESÍA ARGENTINA

Acomienzos de los años 80, Carlos Giordano publicaba en Revista Iberoamericana un artículo titulado "Entre el 40 y el 50 en la poesía argentina", en el que ponía de relieve la problemática que plantean tales años desde una clasificación historiográfica (Giordano, 1983). Sobre todo teniendo en cuenta las limitaciones del método generacional aplicado a la literatura, los vicios terminológicos que ha venido engendrando y la consecuente e irremediable reducción de lo múltiple y diverso a una imagen grupal uniforme. "El método histórico de las generaciones ha sido aplicado con sorprendente entusiasmo por muchos de los historiadores y antólogos de la literatura argentina (...), pero con resultados que, a mi juicio, no compensan" (Giordano, 1983: 786). La reflexión de Giordano es interesante por cuanto menciona dos hechos a tener en cuenta: de un lado, el poco celo por parte de la crítica nacional a la hora de establecer una serie de generaciones literarias tan prolongada como excesiva; y de otro lado, el papel que juegan las antologías en la nomenclatura generacional, parejo al de las historias literarias. Nos recuerda Graciela Montaldo (1989: 40) que las antologías son una tradición de la historia literaria, en el sentido en que las compilaciones poéticas anteceden en Hispanoamérica al surgimiento de las primeras historias de la literatura. Uno y otro constructo, historia y antología, marcan a la postre el establecimiento de un canon de cultura que es expresión de la identidad colectiva1.
El artículo de Giordano ponía su mayor atención en el tránsito de la realidad poética del 40 al 50, dejando en un segundo plano en cambio uno de los periodos más ignorados y controvertidos de la poesía argentina moderna: los años 30. Se advierte un fuerte contraste entre la sobreabundancia bibliográfica en torno a la vanguardia de los 20, sobre la que puntualmente se publican monografías, y el erial que muestra la crítica en torno a la década de 1930, pese a que la producción poética va a seguir siendo muy abundante en la Argentina. Tal hecho dificulta el abordaje de estos años, necesitados de aportes esenciales sobre la base de lo realizado. Es cierto que por entonces cobra un importante auge la narrativa argentina, y en general la que inicia su andadura en el continente americano toda vez que empieza a notarse la influencia de la novela europea de vanguardia, al tiempo que pervive la ya muy explotada (y exportada) novela social proveniente de Rusia. De modo que junto a los prosistas argentinos que realizan una obra de tinte social y político (Elías Castelnuovo, Lorenzo Stanchina, González Tuñón, Roberto Arlt) encontramos una serie de escritores que emprenden un camino más esteticista y también más cercano a cuestiones metafísicas (Borges, Norah Lange, Silvina Ocampo, Eduardo Mallea). Algo más tarde se dan a conocer, dentro de la línea del fantástico, José Bianco y un joven Adolfo Bioy Casares que en 1940 publica su novela más aplaudida, La invención de Morel. Por estos mismos años se dan a conocer Ernesto Sábato, Mujica Láinez, Manuel Peyrou, entre otros narradores de primer orden. Muy posiblemente este auge de la narrativa ha perjudicado la atención prestada a la poesía de esta década, estudiada de forma puntual a través de obras y autores específicos, y no tanto desde una mirada global que muestre los itinerarios y avatares históricos.
En otro orden de cosas, si atendemos a la perspectiva socio-política y económica del país la década del 30 se muestra compleja desde sus comienzos, marcados por el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 que llevan a efecto algunos mandos del Colegio Militar encabezados por el general José Félix Uriburu. Este hecho va a marcar fatídicamente el rumbo de la vida política y sociocultural de la República durante más de medio siglo (desde 1930 hasta entrados los 80), un periodo que constituye sin duda la etapa más desconcertante, antidemocrática y sangrienta de la historia moderna del país, de la que aún restan muchas heridas por cerrar.
No obstante la orientación constitucionalista que el gobierno golpista quiere imprimir a sus actos, algunos hechos visibles demuestran el verdadero signo dictatorial del movimiento insurrecto. Un caso llamativo es el que representa el diario vespertino Crítica, cuyo director, el uruguayo Natalio Botana, declarado antifascista, se posiciona abiertamente en contra de la insurgencia revolucionaria. Como consecuencia de ello la esposa de Botana, la escritora Salvadora Medina Onrubia, antigua anarquista, fue enviada a prisión, como otros tantos intelectuales disidentes. Este hecho provocó la movilización de un nutrido grupo de escritores, algunos de ellos colaboradores del periódico, quienes en tono conciliatorio hacen llegar a Uriburu a través de las páginas de El Diario una carta en favor de Medina Onrubia. Entre los firmantes se cuentan Arturo Capdevila, Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, Alberto Gerchunoff, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges, Cayetano Córdova Iturburu, Nydia Lamarque. Finalmente, tras una misiva mucho más contundente enviada a Uriburu por la propia Medina Onrubia desde la cárcel, tanto ella como su marido son deportados a Montevideo, con la consecuente clausura del periódico (Saitta, 1998: 247 y ss.). Otro de los hechos que muestran la verdadera naturaleza del gobierno de Uriburu es la intervención de la Universidad de Buenos Aires, dada la pérdida del control de la Facultad de Derecho por parte de las fuerzas conservadoras; una decisión que habría de provocar el rechazo de los movimientos estudiantiles. No menos significativa e inquietante resulta la creación de la Legión Cívica, cuerpo militar de apoyo a las Fuerzas Armadas cuya misión principal consiste en velar por el cumplimiento de los anhelos nacionales expresados en el programa de la Revolución.
EL PROBLEMA DE LAS GENERACIONES LITERARIAS. ESBOZOS PARA UN ESQUEMA DE LA POESÍA ARGENTINA MODERNA
Como es sabido, la nota dominante desde la perspectiva de la historia literaria es la búsqueda de un modelo teórico capaz de explicar el modo en que evolucionan las ideas estéticas. Un modelo apto para parcelar el continuum de la actividad literaria en periodos de tiempo delimitados por hechos significativos, a veces en relación directa con la realidad socio-política nacional, otras en relación a ciertos hitos culturales. Uno de los modelos preponderantes y más recurrentes, procedente de la Europa central, lo constituye el método generacional, llevado primero al terreno de la historia por el pensamiento moderno alemán y orientado con posterioridad hacia los estudios literarios2.
En Hispanoamérica, dos de las más tempranas aplicaciones del método a la historia literaria continental son las que llevan a cabo José Antonio Portuondo en un artículo de 1948 titulado "Períodos y Generaciones en la historiografía literaria hispanoamericana"; y José Juan Arrom, quien desarrolla un Esquema generacional de las letras hispanoamericanas (1963). Por lo que concierne al ámbito de los estudios nacionales, la aplicación de esta metodología comienza a extenderse a comienzos de los años 40. En ocasiones la formulación de la teoría generacional resulta de la síntesis de Petersen y Ortega, pues en el fondo los postulados de ambos se complementan. Ocurre así en el caso concreto de César Fernández Moreno, punta de lanza y gran adalid del método de las generaciones literarias en el medio argentino, quien participa además en una de las historias literarias nacionales más reputadas, la Historia de la literatura argentina de Rafael A. Arrieta (1958-1960). Son varios los textos en que Fernández Moreno dedica sus esfuerzos críticos al establecimiento de una periodología generacional referida a la poesía. Así, en su capítulo sobre la poesía de vanguardia incluido en la Historia de Arrieta (Fernández Moreno, 1959: 605-669), el escritor comienza por aclarar la metodología a través de la cual va a acercarse a la materia de estudio y señala como sus fuentes más directas a Ortega y Gasset y Petersen. También en su conocido libro La realidad y los papeles encontramos apreciaciones harto sugerentes respecto al tema en cuestión (Fernández Moreno, 1967: 31 y ss.). Muy anterior a los dos textos citados es el "Informe sobre la nueva poesía argentina" que Fernández Moreno (1943) publica en Nosotros, donde adelanta algunas consideraciones de interés acerca del concepto de generación literaria que desarrollará en sus ulteriores trabajos (71-93).
Fernández Moreno (1967) advierte en sus escritos un hecho que no en vano es el eje vertebrador del presente trabajo, a saber: el titubeo que, en su afán de periodización, muestra la historia literaria nacional a partir de la disolución de la primera sacudida de vanguardia hacia el final de los años 20:
Es clara y definida ya por estudios de suficiente seriedad la estructura de las dos generaciones (modernista e intermedia) que preceden a la primera vanguardia (ultraísta), y aun ésta ha sido debidamente reconocida y declarada independiente. El esquema se torna un tanto confuso cuando llegamos a la segunda generación vanguardista (neorromántica). Surgen al respecto opiniones contradictorias acerca de la disposición generacional de esta nueva promoción y sus relaciones con la inmediata anterior (Fernández Moreno, 1967: 223-224).
Cabe insistir en que no se trata de valoraciones unánimes, como tampoco hay un acuerdo común acerca de las denominaciones. Los hay quienes, por ejemplo, tratan de sortear la cuestión de las décadas 1940-1950 proponiendo una "generación del 45" como solución intermedia; e incluso se duda de la existencia misma de algunas de las generaciones que proponen los historiadores, como es el caso paradigmático de la "generación del 30", la de los poetas novísimos, puesta en tela de juicio a lo largo de un intenso debate que se prolonga durante varios lustros.
Llegados a este punto, convendría examinar someramente el modo (o los modos) en que se plantea desde la historia literaria nacional la evolución de la poesía argentina en las cuatro primeras décadas del siglo XX. Este tipo de examen nos induce sin más remedio a hablar de la debatida cuestión, aunque comúnmente aceptada en tiempos, en torno a las generaciones literarias. La influencia de Ortega y Gasset en el implante y desarrollo de dicho modelo, primero en los estudios históricos y más tarde en el medio literario, va a ser crucial, como he dicho. De forma muy especial, Argentina es uno de los países donde mayormente repercuten sus ideas, que se dejan notar hacia los años 20-30, y aún más en las décadas que siguen (Aguilar et al., 1997). Pero hablamos, qué duda cabe, de un fenómeno global que afecta por igual a todas aquellas naciones hispanoamericanas que hacia la década de 1950 han desarrollado una cierta conciencia crítica respecto al propio proceso cultural. En su conocido ensayo sobre las generaciones literarias en Cuba, el crítico e historiador Raimundo Lazo se interroga acerca de quién hace la historia, quién la dota de corporeidad y movimiento. A lo que responde sin dudarlo: la teoría de las generaciones literarias. Pues a través de ésta, nos dice, lo colectivo se hace presente en la historia (Lazo, 1954: 6).
En el citado "Informe" de 1943, Fernández Moreno advierte ya que el término "generación" se ha convertido en "una palabra tan gastada como imprecisa" (1943:83). Es por ello que antes de llevar a cabo su aplicación a la realidad poética en Argentina trata de precisar a nivel técnico el significado de tal término en el ámbito de la historia literaria.
El diccionario de la Academia define el vocablo generación, en la acepción que nos interesa, como "el conjunto de todos los vivientes coetáneos". Y por coetáneos entiende a las "personas que viven o coinciden en una misma edad o tiempo". El criterio que surge de estas definiciones es, sin duda, demasiado lato para juzgar una generación literaria. En primer lugar, hay que limitar el concepto de coetáneos a los que hayan nacido dentro de un determinado período: diez o quince años. Pero, ¿qué punto de partida dentro de la sucesión del tiempo deben tener esos diez o quince años? Aquí entra un nuevo elemento, aún no considerado: la obra de la generación, el hecho de haberse dedicado los mejores
hombres nacidos en una misma época a una actividad convergente, y haber logrado éxito destacado en ella. Una generación muy prominente, pues, sirve de hito cronológico a las siguientes (Fernández Moreno, 1943: 83).
Desde estos presupuestos y atendiendo a la repercusión de unas generaciones sobre otras, Fernández Moreno (1943) señala dos etapas diferenciadas que pueden darse en la evolución de toda generación literaria, a saber:
a) La generación en sus principios. Un núcleo de personas jóvenes necesita desplazar hacia sí el foco de la atención social, dirigido hacia el núcleo anterior, al cual la nueva promoción considera inferior o simplemente extemporáneo, en decadencia o no. Se entabla de inmediato una lucha por la posesión de los medios de expresión: en nuestro caso, tribunas, editoriales, librerías, revistas y suplementos literarios. A este efecto, los jóvenes se suelen unir, olvidando sus divergencias estéticas, pues se trata, ni más ni menos, de una lucha de supervivencia. Una vez conquistado el medio social, la atención del público, se acaba la lucha, que era el aglutinante inmediato de estos esfuerzos dispersos. A esta altura de las cosas, la entidad colectiva generación puede desaparecer o sobrevivir. Desaparece, si su cohesión se debía exclusivamente a la necesidad de la lucha. En este caso, su papel habrá sido meramente accidental, temporal. (...)
b) Pero la generación sobrevive, si los lazos que la unían eran más profundos: éticos, políticos, estéticos. En este caso, los hombres que la integraban pueden abandonar el contacto directo con sus compañeros de lucha y variar de radicación en el espacio, con la seguridad de que aquello que escriba o produzca cada uno de ellos será homólogo, concordante, paralelo (84).
Respecto a la lucha entre generaciones que en un mismo tiempo entran en conflicto, Juan Pinto pone de relieve el carácter subversivo que ha de caracterizar a toda "generación" que se precie de serlo, la cual debe dirigir sus pasos a contracorriente de lo establecido normativamente:
Cuando los coetáneos aceptan las condiciones dadas históricamente, la generación no existe como fuerza renovadora; se limita a ser un hecho vegetativo de la historia. Pero cuando la generación reacciona contra las condiciones dadas –a veces lo hace aferrándose a viejas ideas inyectándoles nuevo vigor–haciéndose combativa, es decir cuando trata de imponer sus puntos de vista y desplazar la generación que le precede, la generación adquiere sentido histórico, es, convirtiéndose en el punto de partida de un movimiento o de un modo de pensar, sentir y ver que actúa, no solamente en su tiempo, sino que se proyecta en la generación siguiente (Pinto, 1958: 11).
A diferencia de Fernández Moreno, algunos críticos e historiadores de la literatura argentina han optado por una adaptación de las tesis de Ortega y Petersen a partir de un aprovechamiento parcial o fragmentario de las mismas, o bien tomando de un modo más relajado los criterios de evaluación que uno y otro autor marcan a la hora de considerar la existencia de una generación. Anderson Imbert destaca en su Historia de la literatura hispanoamericana, y no precisamente como un hecho del todo positivo, la fuerte influencia ejercida por Ortega y su idea de la "sensibilidad vital" que determina cada generación. Al cuestionar la existencia de una generación poética de 1930 en Argentina, el crítico e historiador comenta en tono irónico:
¿Generación del Centenario de Independencia? ¿Generación de la visita del cometa Halley? El acontecimiento, histórico o sideral, era lo de menos. Lo que importaba era ser generación, novísima generación. Y el prurito fue tal que desde entonces no se ha cesado de inventar generaciones: del 40, del 45, del 50, del 55. Más generaciones de las que humanamente pueden caber en lapso tan corto (Anderson Imbert, 1961: 146-147).
Atendiendo a este fenómeno de las generaciones literarias y su rápida proliferación, Emilio Carilla (1989) dictamina: "Una cosa –pienso– es recurrir a tales métodos con la posibilidad de obtener de ellos algunas ventajas sobre los métodos tradicionales (épocas, estilos, escuelas, géneros, etc.), y otra, muy distinta, atribuirles poderes mágicos, o simplemente sospechar que la ubicación general de un autor o una obra resuelve todos los problemas literarios" (116). En su opinión, la utilidad de los métodos generacionales que han sido llevados a la práctica radica en "la necesidad orientadora del agrupamiento, de reunir y ordenar un material vasto (vastísimo) que siempre corre peligro de diluirse en lo caótico" (116). El secreto, apunta unas páginas más adelante, está en no exigir a dichos métodos más de lo que pueden dar, "en considerarlos fundamentalmente, como una línea de inserción y un punto de partida, y en no pretender cuadros cerrados y absolutos" (124).
Hoy día el método generacional está en parte superado, y no sólo esta clase de método sino otros afines a la periodología, que demuestra ser un constructo frágil, aún más si tenemos en cuenta el cuestionamiento que sufre el concepto mismo de "historia" en el periodo cultural que se ha dado en llamar posmodernidad. Frente a aquellos historiadores de la literatura argentina que han seguido apostando por el método generacional en cualquiera de sus variantes, con mayor o menor rigidez, hay quienes afirman la inutilidad de tal metodología en la medida en que enturbia la verdadera realidad de los hechos y sus particularidades. "Yo no creo en la utilidad del método histórico de las generaciones –afirma Giordano de modo taxativo– y prefiero manejarme con las categorías de estilo, tendencia, movimiento, escuela o grupo, según convenga" (1983: 786).

EN TORNO A UNA PRESUNTA GENERACIÓN POÉTICA DEL 30. ¿UNA INVENCIÓN HISTORIOGRÁFICA?

Comparada con la década inmediata anterior, la poesía argentina de los años 30 plantea un problema mayor más allá de la mera discusión en torno a su nomenclatura adecuada. Al exponer la problemática de un modo general, podría decirse que la década de 1930 muestra un enorme vacío desde una perspectiva crítica, como se dijo al inicio. Las historias literarias, tanto las propiamente argentinas como las continentales, y de forma generalizada los esbozos generacionales que he podido consultar, niegan por lo común la existencia de una generación poética del 30. De tal forma, sucede que lo más habitual es pasar de la generación de 1922 (también denominada de 1924 e incluso 1925) a la generación neorromántica de 1940, que sí ha tenido una aceptación por parte de críticos e historiadores, y de la que existen algunos aportes bibliográficos de consideración. En su asedio a la poesía del 40, Giordano señala como generación inmediatamente anterior a este periodo el movimiento poético que se inicia en torno a 1922, "el primer movimiento de vanguardia en la Argentina" (Giordano, 1983: 784-785). Del mismo modo ocurre en el esquema generacional que realiza Carilla, quien propone la siguiente serie de diez generaciones literarias: 1810, 1821, 1837, 1853, 1866, 1880, 1896, 1910, 1924, 1940, 1955, 1968 (Carilla, 1989: 112-113). Aunque no de un modo riguroso, es palpable que Carilla se deja guiar por el criterio de distancia temporal entre una generación y la que le sigue, exigencia que Ortega y Gasset cifra, recordemos, en no menos de 15 años, lo que a todas luces imposibilita que después de la generación de 1924 pueda señalarse otra hacia 1930.
Frente a un importante sector de la crítica contemporánea, el escritor Arturo Cambours Ocampo se erige en máximo defensor de la promoción poética del 30, a la que denomina "novísima generación", siendo él mismo uno de los integrantes del grupo. Su antología de 1931, La novísima poesía argentina, no es sino un intento de catapultar la mencionada generación y afianzarla en la historia literaria nacional. Junto a Cambours Ocampo, otro de los críticos que defiende la existencia de tal generación es Horacio Salas (1968), quien incluye en su antología crítica La poesía de Buenos Aires el siguiente epígrafe: "1930: aparece una nueva generación". Bajo este enunciado se nos hace saber que: "Al año de producirse la revolución de septiembre de 1930, que transformó la estructura política del país, un grupo de escritores jóvenes capitaneados por Arturo Cambours Ocampo publica, con el auspicio de la revista Letras […], una antología de La novísima poesía argentina. El grupo se lanza contra la generación anterior y para demostrar los valores de los que surgen, realiza un extenso muestrario poético" (Salas, 1968: 43). Teniendo en cuenta la temática que preside la obra de Salas (en torno a la ciudad de Buenos Aires y sus posibilidades poéticas) y teniendo en cuenta además el modo en que el antólogo organiza la obra (a saber, en capítulos que corresponden a generaciones poéticas), es evidente que le conviene presentar a los llamados novísimos como una realidad existente y cohesionada, dado que en la poesía de aquéllos "el tema de la ciudad aparece con marcada insistencia y una tónica característica", en palabras de Salas (1968: 43).
Una de las escasas monografías que aborda la poesía del 30 desde la perspectiva generacional es el estudio-antología publicado por la investigadora Lidia F. Lewkowicz bajo el título Generación poética del 30 (1974). En la "Introducción", la autora justifica de inicio la existencia de la generación poética de los novísimos, en línea con la defensa desarrollada por Cambours Ocampo, y examina la filosofía ética y estética que la caracteriza, así como los temas que desarrolla y las revistas más afines a través de las que se difunde su poesía.
El objetivo perseguido –en lo posible– es documentar y reconstruir las actividades de la generación literaria de 1930 o Novísima Generación; en consecuencia, será necesario consignar algunas particularidades a través de las cuales se presiente por qué nació dicha promoción, cuáles fueron sus momentos culminantes y cuáles los extremos; esta determinación permitirá entretejer la imagen y ponderar la medida en que sus manifestaciones consignaron un jalón dentro de la literatura nacional (Lewkowicz, 1974:10).
LA NOVÍSIMA POESÍA ARGENTINA (1931) DE CAMBOURS OCAMPO. UNA ANTOLOGÍA POLÉMICA
De entre los trabajos antológicos publicados en la década de 1930, es La novísima poesía argentina de Cambours Ocampo (1931) el que presenta un mayor interés para la historia literaria argentina de la primera mitad del siglo XX, en tanto que plantea un debate generacional que en el grado de personalización alcanza la intensidad de un fuego cruzado. La obra fue publicada por la editorial Letras, revista de principios de los años 30 que dirige el propio Cambours Ocampo, quien por este mismo entonces lleva a cabo la antología de poetas "novísimos"3 . Estos hechos sitúan al autor como verdadero impulsor del grupo a través de dos instrumentos críticodivulgativos: una revista y una antología. En unas palabras pertenecientes a la "Aclaración" con que se abre la antología, Cambours Ocampo (1963) aboga por un revisionismo literario que ha de trascender la crítica del pasado –ese eterno "escribir sobre las tumbas"4– para abordar el estudio de las últimas generaciones, las más actuales, llegando a abarcar incluso la obra inédita de los autores noveles. Es lo que el escritor denominaría años después "literatura crítica de anticipaciones" (Cambours Ocampo, 1963:7). Este planteamiento expresado en los años 60 es el mismo que determina y acota su antología de 1931 al centrar su atención en una novísima generación de escritores. Dicho marbete debe ponerse en relación directa con la designación de la anterior generación: la "nueva generación" o "nueva sensibilidad", que no se refiere a otra cosa que a la primera generación de vanguardia. Con objeto de distinguir y privilegiar su propia labor, no sólo como antólogo del grupo sino como miembro activista del mismo, el autor de La novísima poesía sitúa esta compilación en un primer plano de renovación al mostrar una obra (la de los autores seleccionados) en proceso, abierta, por tanto inacabada. Y es precisamente este aspecto el que, según él, distingue su trabajo de los anteriores volúmenes antológicos.
Cambours Ocampo será uno de los críticos que desarrolle mayormente en sus investigaciones el método generacional. En 1949 imparte en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata un curso sobre las generaciones literarias argentinas, aplicando por primera vez de forma rigurosa y sistemática los planteamientos historicistas de Petersen. Algunas de las apreciaciones apuntadas cobran desarrollo posteriormente en dos importantes obras: Indagaciones sobre literatura argentina (1952) y Lugones. El escritor y su lenguaje (1957). En la primera de ellas se trazan las generaciones literarias argentinas desde el inicio del proceso de Independencia hasta la generación de 1930, quedando establecidas un total de seis, a saber: 1810 ("nuestra independencia política"); 1830 ("romántica y política"); 1880 ("progreso de nuestro país"); 1907 ("Rubén Darío y el modernismo"); 1922 ("la del periódico Martín Fierro"); y 1930 ("a la que pertenecemos", señala el escritor). Resulta cuando menos curiosa la asociación del año 1907 con "Rubén Darío y el modernismo", siendo como es esa fecha indicativa de uno de los acontecimientos más relevantes de la poesía moderna argentina: el nacimiento de la revista Nosotros, en torno a la cual se desarrolla una generación de escritores que va a marcar el rumbo de la cultural nacional, amén de dar cabida a las nuevas estéticas que se suceden desde comienzos de la década de 1920. Más bien lo que tiene lugar alrededor de 1907 es herencia directa del modernismo rubendariano, toda vez que se atenúan los excesos decadentistas y se reorientan los temas hacia la realidad propia.
La última de las generaciones poéticas señaladas, la del 30, es aquella a la que Cambours Ocampo denominaba ya en 1931 la "novísima generación", cuyo germen está en los círculos universitarios de la capital. Es en el seno de esta institución educativa, pero instrumentalmente política, donde se está redefiniendo por entonces el concepto de "intelectual" y su cometido en el medio social y cultural argentino, en un intento de exterminar los estereotipos decimonónicos del "gentleman" burgués y del "bohemio" iluminado.
En el mismo año en que se da a conocer la antología, el crítico literario y polemista Ramón Doll (1931) plantea de un modo positivo la existencia de tal generación, a la que elogia fundamentalmente porque no muestra ningún rol político maniqueísta impuesto por la hora –ni marxista, ni fascista, ni izquierdista ni derechista–, y también porque su aparente conformismo en el fondo no es sino una forma de escepticismo crítico frente a la realidad nacional en cualquiera de sus ámbitos (Doll, 1931: 13). Lo que en palabras de Cambours Ocampo (1931) debería definir a la generación poética del 30 es el pacifismo en el terreno de las artes: "Nuestra filosofía estética debe ser pacífica" (7). El calificativo "pacifista" aplicado a la realidad cultural se basa en una distinción hecha por Ortega y Gasset entre "generaciones beligerantes" y "generaciones pacifistas". El antólogo hace hincapié en el significado de tal distinción dentro del contexto de la cultura propia, queriendo con ello disipar cualquier posible malentendido:
No sé si Ortega y Gasset, al hablar de las generaciones beligerantes y pacifistas, trataba de hacerlo en el sentido integral, abarcando todas las actividades; por mi parte, si adopté la fórmula del filósofo hispano, fue para limitarme dentro del terreno puramente estético –véase que no digo literario– y para explicar una situación local, un fenómeno nuestro, desconectando por un momento la novísima generación del enchufe mundial (Cambours Ocampo, 1931: 7).
Tal actitud muy posiblemente actúa como contrafuerte ante una circunstancia socio-política minada de turbulencias tras los sucesos funestos de la revolución de septiembre de 1930, cuando la ley marcial impuesta por el alto mando del ejército pone en cautela los derechos constitucionales. Pese a todo, uno de los máximos ideólogos de la generación del 30, Arturo Cerretani, afirma rotundamente que el movimiento encabezado por los novísimos se produjo de forma espontánea, "sin que nada ni nadie motivasen su advenimiento"5.
En su crítica de La novísima poesía argentina, Augusto González Castro (1966) juzga el talante conciliador promulgado por Cambours Ocampo como un error del todo inoportuno, teniendo en cuenta que se trata de una muestra de la más joven poesía argentina, y que por tanto debería rezumar los valores propios de la juventud: "Debo formularle algunos reparos a esta obra de muchachos que salen a la palestra con una palabra de paz en los labios, muy compuestos, muy formales. Dijérase que un prematuro cansancio los domina y que no sienten entusiasmo ni aun por el aire que los agrupa" (González Castro, 1966: 188-199). La estética pacífica que defiende Cambours Ocampo recibió ya en su día numerosas enmiendas por parte de los críticos, quienes no entendieron en un principio si ese pacifismo contenía matices políticos o se trataba tan sólo de una propuesta estética (por otra parte, la difícil situación del momento inducía a pensar lo primero). Pero incluso los propios poetas novísimos se sintieron un tanto aturdidos ante la prédica de su mentor, pues aquellos anhelos pacifistas chocaban frontalmente con la tarea crítica que se imponen las vanguardias.

LA CRÍTICA ANTE LA "NOVÍSIMA" GENERACIÓN. UNA POLÉMICA ENCENDIDA6
Un par de años después de publicarse Indagaciones sobre literatura argentina de Cambours Ocampo, Emilio Carilla (1954) da a conocer un breve ensayo que lleva por título Literatura argentina 1800-1950 (Esquema generacional), obra de carácter historicista que se vale de los planteamientos metodológicos de Petersen así como también de los esbozos generacionales, totales o parciales, ensayados por Julio V. González en 1916, Alberto Gerchunoff en 1939 y Manuel Mujica Láinez también en este último año. El "Esquema generacional" que formula Carilla es, expuesto de forma condensada, el que sigue:
La literatura argentina (lo que entra en esta denominación de letras gruesas) ofrece desde comienzos del pasado siglo una sucesión de diez generaciones [1810, 1821, 1837, 1853, 1866, 1880, 1896, 1910, 1924 y 1940]. Diez generaciones que –en las fechas propuestas– abarcan, cada una, un periodo aproximado de quince años (año más, año menos). Este eje de los quince años –a su vez– no se nos ha impuesto como una forzada aplicación de ideas de Ortega, sino que ha aparecido –creo– en la realidad móvil de nuestras letras (Carilla, 1954: 73).
Muchas son las discrepancias que plantea Cambours Ocampo respecto a la obra de Carilla, derivadas mayormente del excesivo número de generaciones que propone como posibles. Pero hay una queja fundamental que atañe especialmente a la labor de promoción y fijación que lleva a cabo el autor de La novísima poesía: la supresión de la generación de 1930, su generación. "El profesor Carilla inventa cuatro nuevas generaciones literarias argentinas: la 1821, 1853, 1866 y 1896. Y como se debe haber asustado por tantas generaciones lanzadas a voleo, suprime la de 1930" (Cambours Ocampo, 1963: 9-10). En el "Prólogo" a su libro, Carilla advertía no en vano de las dificultades crecientes a la hora de evaluar y fijar el conjunto de las generaciones que se suceden en el siglo XX, una problemática que en su opinión se agudiza aún más en el caso de las generaciones recientes (Carilla, 1954: 5). Así, por ejemplo, al tratar de forma concreta la "generación de 1940" señala: "La verdad es que aquí –con más razón que en otros productos espirituales– puede decirse que los árboles no dejan ver el bosque. Abundancia, proximidad y también –¿por qué no decirlo?– imprecisión desorientadora" (Carilla, 1954: 63).
No será Carilla el único historiador de la literatura nacional que obvie la existencia de la generación poética de novísimos al esbozar el trazado evolutivo de la poesía en la primera mitad del siglo XX. También Enrique Anderson Imbert recibe las quejas de Cambours Ocampo al no incluir a los novísimos en su Historia de la literatura hispanoamericana, cuya primera edición es de 1954, justo el mismo año en que Carilla publica su Esquema generacional. Anderson Imbert parte de cierta dificultad a la hora de distinguir entre la poesía publicada en torno a 1910 y la de aquellos que se erigen en portadores de una "nueva sensibilidad" (los vanguardistas). Entre otras cuestiones porque junto a los entusiastas de la nueva poesía "hubo excelentes poetas que crecieron como si el ultraísmo no existiera" (Anderson Imbert, 1961: 145). Tanto más dificultoso, afirma, resulta caracterizar la obra poética de aquellos otros que posteriormente hablaron de una "novísima sensibilidad" (146). En total desacuerdo con estos planteamientos, Cambours Ocampo (1963) rechaza igualmente "la falsa afirmación de que los escritores de 1930 se acercaron y se confundieron con los de la generación del 40" (39). Pues, en efecto, Anderson Imbert señala en su Historia que "los escritores del 30, al hacerse maduros, prefirieron acercarse a los más jóvenes". Y unas páginas más adelante aclara:
Los escritores nacidos alrededor de 1910, que aparecen en las letras hacia 1930, fueron mucho más moderados que los vanguardistas. Curados de espanto, buscaron el equilibrio. Habían conocido los extremos. Se propusieron ser más serios. Una filosofía más preocupada por conocer al hombre los condujo al viejo tema: la vida sentimental. Este neorromanticismo es el que acabará por hablar en voz alta en la generación siguiente, la de 1940 (Anderson Imbert, 1961: 204).
En opinión de Cambours Ocampo (1963) la verdadera razón de este solapamiento, que entiende intencionado, nada tiene que ver con un riguroso juicio crítico, ni siquiera con razones personales de índole estética ni política, sino más bien con un resentimiento generacional a la inversa (41). A favor de Anderson Imbert (1961) hay que señalar que, lejos de desmerecer los méritos de los poetas que dan a conocerse hacia 1930, hace hincapié en la necesidad de reconocer su valía: "Todo les interesaba. Nunca hubo en nuestra América un grupo tan bien informado sobre tan vastas actividades culturales como éste que apareció después de 1930" (1961: 147-148).
Ya sea por las amonestaciones que recibe de parte de Cambours Ocampo, quien lo acusa de "desertor" de su propia generación, o bien por un mayor distanciamiento de los hechos, o tal vez por ambas cosas, lo cierto es que en las diversas reediciones del tomo II de su Historia, sobre todo a partir de la aparecida en 1966 (5ª ed.), Anderson Imbert retorna a las filas y rectifica algunas de sus opiniones, dotando de una mayor solidez histórica a la que, ahora sí, no duda en llamar "novísima generación" (Anderson Imbert, 1966: 223-224).
Otra de las disputas mantenidas por Cambours Ocampo con la crítica de su tiempo está co-protagonizada por uno de los escritores y ensayistas argentinos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX: César Fernández Moreno, quien al decir de aquel "ha intentado la peregrina empresa de silenciar diez años de poesía nacional" (Cambours Ocampo, 1963: 51). En concreto se refiere a dos menciones directas a la novísima generación y a su propia persona como "inventor" de dicha generación a través de su antología del 31. La primera referencia aparece en el "Informe" de 1943 publicado en Nosotros. En él puede leerse: "Alrededor de 1930 comienza la disociación del grupo Martín Fierro; se acallan sus revistas, y sus integrantes, o se llaman a silencio, o publican aisladamente, separándose los mejores de ellos de las normas de la escuela y encauzando su personalidad por sendas propias. En 1931, Cambours Ocampo trata de arquitecturar una novísima generación, pero no es tarea fácil inventar poetas" (Fernández Moreno, 1943: 73). La respuesta de Cambours a estas palabras va a ser contundente, no exenta de desesperación por lo que entiende como una burla a la realidad literaria: "Es decir: alrededor de 1930 se disocia la nueva generación y, después, hasta 1940, la poesía argentina se convierte en una página en blanco. ¡Magnífico! Pero, ¿qué es esto? ¿Tontería, ignorancia o mala fe? ¿O las tres cosas juntas?" (Cambours Ocampo, 1963: 51).
La segunda referencia que rebate Cambours Ocampo es la aparecida en la Historia de Arrieta, en donde Fernández Moreno deshace una vez más la idea de una "generación novísima", estableciendo para ello un periodo de transición entre la primera vanguardia ("generación de 1922") y la "generación del 40" (para Fernández Moreno "generación del 35"), la de los poetas neorrománticos (Fernández Moreno, 1959: 612). Más que el hecho en sí de la postergación a la que se ven sometidos los novísimos (a la que, visto lo que llevamos, debía estar acostumbrado ya por entonces Cambours Ocampo), lo que realmente molesta a éste es que tal minusvalía acabe por instalarse de pleno en las historias literarias de ámbito nacional y continental, dado el carácter didáctico y neutral y el rigor que debería presidir este tipo de obras, y dada también, es evidente, su amplia capacidad de institucionalización del sistema literario. En lo que respecta a la historización de la poesía moderna que lleva a cabo Julio Noé, a decir verdad no menciona en ningún momento la existencia de una "generación del 30" como tal (menciona, eso sí, a algunos poetas que publican en la década de 1930), estableciéndose un vacío generacional entre la generación de 1922, de claro signo vanguardista, y la generación de 1940, los llamados "neorrománticos" (Noé, 1959: 125).
Apenas un año antes de la publicación del IV tomo de la Historia de Arrieta que incluye los citados trabajos de Fernández Moreno y Noé, publica Juan Pinto su Breviario, donde repite un esquema generacional poético similar al que proponen otros historiadores, saltando de la generación de 1922 a la del 40. Antes de ahondar en esta última se detiene en el comentario de La novísima poesía de Cambours Ocampo y en la posibilidad de que hubiese existido una generación de 1930. Su opinión puede resumirse en esta sentencia: "En realidad no hubo generación novísima, sino un grupo de escritores y poetas que intentó un movimiento, y que sólo dio frutos individuales. La generación de 1922 se hallaba en plena tarea, ordenando definitivamente el caos que había provocado con ímpetu renovador" (Pinto, 1958: 192).
En 1967 César Fernández Moreno da a conocer su ya clásico ensayo La realidad y los papeles, que lleva por subtítulo Panorama y muestra de la poesía argentina contemporánea. El análisis crítico abarca desde el modernismo hasta la generación del 50, previo repaso de las generaciones y periodos que al parecer del autor integran y definen la evolución de la poesía argentina. Fernández Moreno se reafirma en sus planteamientos de 1959 respecto a la división generacional y por tanto en lo que atañe a los novísimos, reproduciendo literalmente algunos fragmentos del capítulo redactado para la Historia de Arrieta. Hay que decir que cuando se da a conocer la primera edición de La realidad y los papeles Fernández Moreno es conocedor de las duras críticas que Cambours Ocampo le dedica en El problema de las generaciones literarias. La defensa que lleva a cabo Fernández Moreno de la inexistencia de una generación poética del 30 se basa fundamentalmente en la fecha de nacimiento de los autores; un dato puramente estadístico, numérico, que nos acerca a un estricto concepto de generación tal y como fue formulado en su día por la historiografía alemana. Hoy, pasadas algunas décadas de la enfermiza aplicación de este tipo de metodología y destapadas algunas invenciones –sin duda una de las más señaladas es la del 98 español, pero no la única–, leemos con rubor el siguiente párrafo:
Para aclarar toda confusión basta formar, con criterio ecléctico, un grupo de cincuenta poetas entre los de más ostensible actuación, nacidos en la Argentina entre 1890 y 1920 (...). Se observa entonces que ‘el golpe de dados de la naturaleza’ ha elegido en este lapso dos zonas de fechas de cuatro años la primera y de cinco la segunda, dentro de las cuales vio la luz la mitad más significativa de ese conjunto de poetas. Durante estos dos períodos nacen tres poetas por año, mientras en los otros veintidós sólo alcanza a nacer uno anual. ¿Qué significa esta desproporción al parecer azarosa? Será fácil determinarlo conociendo los nombres incluidos en esos dos periodos fértiles (Fernández Moreno, 1967: 224-225).
Sin duda es este un episodio de la historia de la poesía argentina aún sin cerrar, necesitado de aportes críticos significativos que arrojen nueva luz sobre los hechos con objeto de establecer unas conclusiones. Me he limitado tan sólo a exponer un cruce de opiniones en boca de aquellos que entonces participaron en la polémica y la consecuente repercusión de los hechos en la historia literaria nacional. Lo cierto es que, pese a señalar Arrieta que La novísima poesía argentina serviría de materia prima para futuras antologías, al menos por lo que se refiere a las publicadas en los años 30 y 40 los poetas compilados por Cambours Ocampo no serán tenidos en cuenta. Tan sólo veremos algún rescate de forma muy puntual, como es el caso del propio Cambours Ocampo y también de María de Villarino y Marcos Victoria, quienes aparecen recogidos en la Vidriera de la última poesía argentina de Andrés del Pozo (1937). A ellos debe sumarse la figura de José Portogalo, autor que aparece incluido en el Índice de la poesía argentina contemporánea de José González-Carbalho (1937).
NOTAS
1 Al respecto extraigo algunas de las apreciaciones referidas a la poesía argentina de los años 30 del capítulo quinto de mi libro La poesía argentina en sus antologías, 1900-1950. Una reflexión sobre el canon nacional (Salazar Anglada, 2009).
2 Por cuanto se refiere a esta última aplicación, debe señalarse la influencia de Julius Petersen (1930) a través de su ensayo "Die Literarischen Generationen". En el medio cultural hispánico van a ser tenidas en cuenta fundamentalmente las aportaciones de Ortega y Gasset, cuyos planteamientos enraízan de lleno en la historia (al hablar de "generación", Ortega se refería a la sociedad entera y no a una parcela de la misma como es la artístico-literaria), junto con las ideas de Petersen, quien deriva de forma más concreta hacia la historia literaria. Otras influencias notables más allá de estas mencionadas son las de Albert Thibaudet y su Histoire de la littérature francaise de 1789 à nos jours (1936), y Julián Marías –uno de los discípulos dilectos de Ortega– a través de su conocido ensayo El método histórico de las generaciones (1949).
3 Por lo que se refiere a la citada revista, en la primera época de Letras (núms. 1-14), que abarca desde su fundación en 1930 hasta abril de 1933, formaban parte de la redacción los escritores Arturo Cerretani, Carlos A. Barry, Teófilo Hiroux Funes, José Luis Lanuza, Eliseo Montaine, Edmundo Luján Benítez, Antonio Miguel Podestá, Jacobo de Diego y Rodolfo Zavalía Matienzo, algunos de los cuales se hallan recogidos en La novísima poesía argentina. En septiembre de 1933 se inaugura la segunda época, con Cerretani al frente de la revista. Esta otra etapa consta de un solo número, que por cierto polemiza con otra revista importante del momento, Megáfono, en torno a un especial monográfico dedicado a Borges. A través de Letras, que muy pronto crea su propia editorial, ven la luz las primeras obras de algunos de los jóvenes componentes de la generación del 30, como es el caso de José Luis Lanuza, Arturo Cerretani o Juan Óscar Ponferrada. De este modo, y pese a su irregularidad, Letras se convierte en el órgano difusor de la obra de los novísimos, la tribuna desde la cual éstos expresan los ideales estéticos del grupo.
4 La frase está tomada de un ensayo publicado a principios de los 60, donde Cambours Ocampo señala: "Los argentinos estamos acostumbrados a escribir sobre las tumbas; a esperar que la muerte entregue sus fichas amarillas, como una contraseña de la impunidad crítica; a no plantear el aquí y el ahora; a olvidarnos del presente y del futuro, por comodidad y cobardía" (Cambours Ocampo, 1963:7).
5 Estas declaraciones pertenecen a una encuesta realizada a Cerretani para La Literatura Argentina, Buenos Aires, año III, Nº 34, junio de 1931, pp. 314.
6 Un compendio de textos polémicos en torno a la generación de novísimos y a la anterior promoción de vanguardia –"primera generación de vanguardia"– se halla recogido en Cambours Ocampo (1987).
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sábado, 4 de febrero de 2017

IMPRESIONES DE GRANADA Por Ramón Fernández Palmeral, del libro "Buscando a Gerald Brenan al Sur de Granada)



                        IMPRESIONES DE GRANADA

             Por Ramón Fernández Palmeral   


                                                           


            Introducción o justificación
      4.- Granada Centro
      6.- Sierra Nevada sin nieve
      9.- Granada en Brenan


  



Introducción o justificación

    Granada ya no es esa ciudad oriental y romántica al sur de Europa donde venían los viajeros románticos para evitarse tener que organizar peligrosos viajes al Oriente; a pesar de ello, Granada nunca te defrauda, ella ha sido siempre una ciudad que me ha atraído como un imán imposible de anular, un imán interior desde un pasado extraño y atávico, encantos a los que no me he podido resistir. Ya no hay que buscar el ella el orientalismo romántico  que los viajeros de antaño buscaban, esa asegurada aventura por los caminos con hombres y mujeres vestidos a lo morisco,  sino que tenemos una ciudad  nueva y moderna, que a duras penas conserva su pasado, pero eso sí, ella sigue siendo esa sultana montada en su yegua verde sobre Sierra Nevada. La Alhambra resistiendo al tiempo como centro receptor de admirados e incrédulos ojos, que sobre el verde de los jardines y los embaucadores surtidores dejan libre la pasión y el enamoramiento.
       La primera vez que la visité, hace ya muchos años, creo recordar que fue sobre el año 1968 con motivo de una expedición montañera a Sierra Nevada con mi amigo José Luis Rodríguez, alias El Chino; recuerdo que llegamos de noche, dejamos el pastor alemán llamado Fico dentro  del Renault 4L con el equipo de montaña, con la absoluta tranquilidad de que nadie tocaría ni un mosquetón, era un perro excepcionalmente noble y fiero a la vez  contra quienes intentaban entrar en el círculo de sus dominios y sobre todo contra los ebrios callejeros.  Nosotros nos quedamos a dormir en una pensión o fonda porque llevábamos casi una semana durmiendo en cuevas y en sacos de dormir. Era una pensión de la más barata junto al Genil, teníamos poco dinero. Las pocas y pobres luces de las calles eran de un amarillento mercurio, amarilla a la arboleda junto al Genil poco a poco  mermada por la especulación, amarillo también albero de los márgenes de un río abrazado a su cauce con rumor de agua, mucha agua en aquel invierno  del 68 casi hasta el borde de los muros del cauce que encajona al bravo "genilvitorino".
     En otra ocasión estuve en Granada con mis padres y mis hermanos, paramos en Loja a desayunar con ricos mostachones en un bar que había junto a la antigua carretera nacional, antes de que estuviera la autovía, eran verdaderos viajes, pasando por las poblaciones, talleres y con la lentitud que nos permitían los pocos camiones que circulaban por carreteras de dos direcciones, eran verdaderas aventuras.  En otra ocasión, en la Navidad de 1974 estuve con mi mujer, mi hermana Mari Carmen y mi cuñado Manolo que tenía un magnífico y duro R-8, vimos la Alhambra, cuya entrada se hacía, creo recordar por la Puerta de la Justicia, cuya arco de herradura tenía unas proporciones majestuosas, recuerdo haber visitado el salón de los secretos que está en el Generalife, donde se oyen una conversación a penas sin levantar la voz, una joya de los arquitectos árabes dueños del susurro, de la discreción y de los ecos. También subimos a Pueblollano, ya en Sierra Nevada, un día de nieve por la carretera que hubo que alquilar cadenas en un restaurante, las cadenas se alquilaban bajo una fianza de doscientas pesetas y luego si las devolvías te devolvían la fianza. Al ir subiendo por la carretera, que no es que  hay ahora, sobrepasamos el colchón de nubes y las veíamos por debajo de nosotros, era una sensación extraña donde uno se sentía dueño de un poder mágico y casi, dría, omnipotente.  Montamos en un teleférico nos subió a una especie de refugio de montaña un bar cercano a un sol que ardía que por encima de la nubes, a más de 3.000 metros de altitud nos abrasó, porque el sol a aquellas alturas no es que quema es que abrasa y no había costumbre de usar gafas de sol, y nosotros qué sabíamos.
     En esta ciudad hice el Acceso a la Universidad para mayores de 25 años sobre 1987, me matriculé en Derecho, y empecé una frustrada e imposible carrera como alumno libre desde Almería, tuve que ir varias veces en coche, en aquellos años íbamos por Gergal y Guadix. El Derecho Romano no se puede estudiar sin un profesor y sin una buena base de latín, en cambio del Derecho Natural es muy enriquecedor pero no vale para mucho, la Filosofía del derecho también peca de lo mismo, pero de las cuatro asignatura del primer año, la que mejor se me dio fue Historia del Derecho, de Ramón Fernández Espinar, Editorial Ceura, un tocho que me lo aprendí casi de memoria, porque siempre me gustó saber la historia de España. Además el autor se llamaba como yo.
    Sobre 1985 estuve en Yegen y aún recuerdo la profunda impresión de grandeza que me produjo La Alpujarra o pequeño Tibet con los pueblos bordados como cabezas blancas y gordas de alfileres de bodas en las altas cumbres de la Contraviesa y Sur de Sierra Nevada. Fui a un entierro, se había muerto el padre de un compañero de trabajo, Pozo, natural de este pueblo. Pueblo donde vivió por siete años el hispanista Gerald Brenan.
    De mis últimos contratiempos, fue cuando le mandé a José María Sánchez Osuna, que dirigía y creo que dirige la Editorial  Osuna en Armilla (Granada), en 1998 ni novela en un disket El rey de los moriscos me hizo un contrato de edición por un año, pasó el año y se me echó atrás, excusándose cuando le llamé por teléfono para saber qué pasaba, me dijo que tenía mucho trabajo con  lo del I Centenario de García Lorca, lo más seguro es que mi novela no valía la pena editarla. Luego salió un libro de José Acosta Montero publicado por la Diputación de Alicante, Instituto de Estudios Almerienses, 1º ed. 1998. Aben Humeya: rey de los moriscos, casualidades de la vida, que a mí se me quitaron las ganas de seguir intentado editar mis novelas. Aunque mi rey de los moriscos no era Aben Humeya, sino uno de los nietos de Boabdil, oculto en Oriol (Orihuela) esta novela de Acosta nada tiene que ver con la mía. Luego la cuestión de los moriscos se fue diluyendo, perdiendo y para colmo llega el 11-S del 2001, las guerra de Irak, palestinos, Líbano, Israel, etc., y el tema morisco pasa estar muy desprestigiado. El auge lo tuvo en 1992 con el V Centenario del Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, y sobre todo con una novela que marcó época El manuscrito carmesí de Antonio Gala, Premio Planeta, una insuperable que cierra un ciclo del tema morisco, hasta mejores tiempos. El rey de los moriscos también estuvo en la editorial Comares de Málaga, a la espera de una subvención de la Junta de Andalucía sin resultado alguno. Ahora está en Internet donde se puede leer parte de la novela sin tener que comprar el libro.
    En otra ocasión estuve en la Alhambra con mis dos hijos David y Rubén.
    Estas son, brevemente, mis visitas esporádicas y físicas a la ciudad de las puertas del romanticismo, las puertas al cielo de Alá y cristinas después como la imposición de una fe sobre otra fe. Siempre la visité como un viajero del tiempo, de paso, como pasan las nubes, como pasan los pájaros, los pensamientos e incluso pasan los que germinan en buena tierra y los deseos con una pizca de esperanza. También conocía la ciudad a través de la Literatura, gracias a muchas lecturas anteriores,  empezando por los historiadores sobre la guerras civiles de Granada, 1568-1572, o lecturas de historias de la reconquista o moriscos expulsados de su tierra donde habían estado 800 años. El libro del granadino (de Guadix) Pedro Antonio de Alarcón sobre la Alpujarra; o la Granada romántica de Melchor Fernández Almagro, y el Romancero gitano de Lorca. Otros libros, actuales de inmejorable estilo a lo Proust es uno de Antonio Muñoz Molina, que me hizo entrar en una Granada literaria de la modernidad, un libro recopilación de artículos, de mucha altura en Robinsón Urbano, que es un libro para releer, una especie Spleen de Granada, donde en el primer artículo pastoso como una obra plástica, que ya habían sido publicados en "Diario de Granada" entre mayo de 1982 y de junio de 1983, nos comenta Virginia Woolf, que no tuvo azotea por culpa de las inclemencias londinenses, rechazó desde su cálido saloncito de Bloomsbury esa larga noticia de un naufragio callejero que es el Ulises de Joyce. Aquí, irremediablemente, pensamos en Gerald Brenan, el miembro exiliado del exquisito y refinado Grupo Bloomsbury, al que pertenecía: Integraron el grupo la escritora Virginia Woolf, su esposo Leonard Sidney Woolf, los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, los críticos de arte Roger Fry y Clive Bell, el economista John Maynard Keynes, el sinólogo Arthur Waley, el escritor Gerald Brenan, el biógrafo Lytton Strachey, el crítico literario Desmond MacCarthy, el novelista y ensayista Edward Morgan Forster, la escritora Katherine Mansfield y los pintores Dora Carrington, Vanessa Bell y Duncan Grant.
    Devoción obliga y por ello me leí  con gran delicia uno de los mejores libros que se han escrito sobre La Alpujarra, y cuyo valor es maná de las almas soñadoras y aventureras de sillón y cerveza, un libro que marca una época como es Al sur de Granada, de Gerald Brenan, obra cumbre de la literatura universal, traducida a todos lo idiomas cultos.  Luego vinieron a mi escritorio otros libros, otros poemas como los Orientales de Zorrilla, y su gran poema Granada (1852), que a tal altura llegó que nadie después, ni siquiera otro alpujarreño almeriense Francisco Villaespesa le superó, y es que esa estrofa magistral:   “Corriendo van por la vega/ a las puertas de Granada/ hasta cuarenta gomeles/ y el capitán que los manda. Versos que todavía no han sido superados sobre los Orientales. Ver mi libro virtual en pdf Andalucía, Oreintales.

    La cuestión es que con todo estos sedimento granadinos en mi cabeza, donde bailan fechas, viajes, libros, unido a mis deseos favorables hacia esa provincia española y andaluza como la más. De estos recuerdos, quizás idealizados, nació que mi mujer yo decidiéramos hace un viaje de cinco noches a Granada en el mes de junio del 2006.
    Trataré de hablar un poquito de la historia de esta ciudad ojival, encantada, porque las obra no va a durar siempre, porque la historia de esta ciudad que fue  cabecera del reino nazarí, conquistada y Cancillería del Tajo hacia abajo, porque del Tajo hacia arriba era Valladolid, es imposible de abarcar en un texto que pretende ser la impresión personal que sentí de Granada.  Ciudad  de pintores, escritores, arquitectos, canteros, artesanos, médicos, universitarios, turismo de interior, servicios, comercio…
  
   Para el anexo final, he dejado otro viaje que hice a los santos lugares de García Lorca: Fuente Vaqueros y Víznar, para recordar que el próximo mes de agosto se cumplen los 70 años del fusilamiento de García Lorca y yo me pregunto ¿Por que fusilaron a Federico?.




  
      Salimos mi mujer y yo desde Alicante dirección Granada sobre las 5  de la tarde (hora torera de mi luna menos cuarto) del día 20 de junio del 2006, por la autovía A-7 y A-92,  para  una estancia en el paraíso oriental de la bellas huríes en  ciudad convertida, romántica luz al atardecer desde la Torre de Comares, por excelsitud, por excelencia, por el tiempo de una chispa de una corta semana, concretamente cinco noches. Habíamos preparado un viaje para exiliarnos en Granada durante el tiempo que duran las fiestas de Hogueras de San Juan en Alicante, porque aquí es imposible dormir, nosotros respetamos las tradiciones de las barracas,  la música hasta la madrugada, el fuego de las hogueras en medio de las plaza, las mascletas y los cohetes a los pies de la gente;  pero yo tengo “fobiafuego” y no lo soporto, quizá en mi subconsciente aun perdura el trauma de aquella vez que me quemé todo el cuerpo con leche hirviendo, pero esto no debería justificar mi “fobinfierno” a las Hoguera de San Juan, que me parece muy bien para los ingresos  turismo y la paralización total de la ciudad para que se diviertan unos miles. Aunque estoy afincado en Alicante y pienso vivir aquí por muchos años, según los fogueret y barraquet no tengo derecho a opinar ni a proponer a que las fiestas patronales salgan de la ciudad a unas explanadas como ocurre en otras ciudades importantes: Sevilla o Málaga. Que mientras unos miles se divierten el resto puede trabajar, pero aquí no, porque la diversión es obligatoria para enfermos, niños y ancianos. Quizás me esté haciendo viejo, y esto es como una enfermedad contagiosa, lo años impertinentes que se precipitan. Pero no me quejo, he optado por exiliarme por unos días de Alicante del 20 al 5 de junio, por San Juan.
    Pasado el desvió de Puerto Lumbreras hemos de tomar el desvío de Granada. Al pasar por Vélez Rubio y el desvío de Vélez Blanco que comenté a mi mujer que de regreso subiríamos al castillo de los Fajardo, cuyo patio gótico renacentista fue vendido en 1904 a un anticuario francés y actualmente se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York.  Continuamos camino de Baza, Guadix, puerto de la mora, teníamos la indicación de salir por la salida 253 de la A-92, pero me despisté y no la tomé y tuve que entrar por Granada Oeste, así que tuve que volverme loco para poder llegar a la  Ciudad Universitaria, y desde allí encontrar la antigua carretera de Murcia y Almería, pasando por la puerta de la Cartuja.
   La cuestión es que Granada se encuentra levantada, en orden de batalla por las escavadoras que perforan el suelo arqueológico de las avenidas del centro, es decir, en carne viva de obras, zanjas, encofrados..., todo el centro levantado en revolución y cortado la tráfico por Gran Vía de Colón, Constitución,  y calles aledañas, y encima Reyes Católicos es solamente para autobuses y taxis. Además hacía mucho calor de hoguera solar, cercana a los 40 grados, en fin, salir de Poncio para meterme en Pilatos,  pensé. Y es que Granada durante estos días de junio del 2006, no era esa bella ciudad que canta el infortunado Ángel Ganivet 1865-1898), “Forcejean dentro de Ganivet una tendencia heroica a idealizar la experiencia, por un lado, y una conciencia anti-heroica de los límites humanos, por otro”. (Nelson R. Orringer. Ganivet (1865-1898). Madrid: Ediciones del Orto, 1998).  Mi mujer  yo, extraños y reducidos y machados por el viaje, los grandes grifos metálicos, lanzas de tuberías, cabezas  de  grúas y  cortes de calles mantuvimos  coloquios como si fuéramos  Hípope y Cínope.
   Por fin del fin, siguiendo la órdenes obligatorias de las flechas blancas sobre fondo azul cobalto,  tras mucho preguntar por aquí y por allá, en la ciudad Universitaria, un profesor doctorado, seguramente en matemáticas nos dijo que era imposible hacer una ecuación para informarnos de las calles que deberíamos tomar para llegar al Hotel San Gabriel, ya que nos habíamos metido en un logaritmo cartesiano o laberinto geométrico, encontramos la antigua carretera dirección Murcia, una que sigue con la mismas curvas que tenía hace cuarenta años, dirección al barrio del Albaycín y Fajalauza, donde se encuentra el taller de cerámica más antigua de Granada, que data de 1517.  El peor laberinto es el que no existe, según el proverbio, pero el nuestro, el llegar a nuestro hotel como meta y copa ganada,  tenía solución ya que el laberinto en sí es el producto de un designio con sentido, que aparece oculto al explorador. Todo problema como laberinto es un desafío, porque uno se muestra cercano al arte de la adivinación y al de la navegación de los primeros argonautas.
    La persona que más admiraba Ganivet y la que más influyó en él, fue su profesor de griego  D. Antonio González Barbín, por su vocación de estudiar la Antigüedad clásica, sobre todo La República de Platón.     Tras sortear las curvas de mareo llegamos al Hotel San Gabriel, sobre la 8 de la noche, cuya dirección es carretera de Murcia, De 279, se encuentra a un kilómetro a las afueras de Granada. Al principio no me agradó que estuviera tan aislado y al lado de una gasolinera, en un alcor, y poco aislado. Pero no había vuelta atrás. El recepcionista era un joven fuerte y por el acento granadino. Nos dio la llave de la habitación 220, subimos las maletas por el ascensor. La habitación está a la derecha al fondo y la última, a lo largo de un pasillo con alfombra roja. Al abrir la habitación el olor de lugar cerrado me vino de lleno. Abrimos la puerta de la terraza para que se ventilara la habitación. Dejamos las molestas  maletas y volvimos al centro de Granada para cenar. Lo hicimos en una bocatería, frente al Hospital Universitario. Mucho calor, de 35 a 40 grados. Pasemos por calle Doctor Azpitarte hasta llegar a una plaza con una fuente, frente a otro Hospital, pavimentada con losas imitando la pizarra desolada, porque debajo hay un hueco de escavadoras, un parking. Allí estuvimos hasta bien entrada la noche, refrescándonos al lado de la fuente  como náufragos en la ciudad y regresar de nuevo al hotel, por la curvada y lazada carretera con curvas de 360 grados. Conforme sube te encuentras un tablado flamenco para turistas, aquí un aparcamiento al borde de la ciudad, es un mirador, cuya visión de Granada y la Alhambra, bajo las amarillentas luces de la cálida ciudad te dejan en la retina una rotunda impresión. Antonio Muñoz Molina, estudió vivió y trabajó en esta ciudad, y escribió y publicó su primer libro El Robinsón Urbano, 1984. En este libro nos dice su autor “El erotismo urbano, que es visual y del todo desinteresado, desdeña por igual la petulancia del propio y el asedio turbio del mirón” (pá. 19).
     Y nosotros como diseñados Robinsones urbanos, bajo el dilatado sentido del espacio y de un mirar la historia granadina, no desde la tragedia de lo nazaríes sino desde la belleza que las candilejas inundan la fuerza de un orden entre sombras de iglesias y la catedral, testimonios que ya se fue el calor, y que había llegado la tranquilidad y el silencio de la noche.
    A la mañana siente del día 14 y al abril la cortina de la habitación, el verde de los pinos y de los abetos del monte cercano coronado por unas antenas de comunicaciones y la piscina, con sus araucarias y abetos entre el césped, entró fuertemente a mis ojos y el recuerdo de haber dormido toda la noche sin ruido de un cohete, de una traca o de una música desgañitada, me di cuenta que el hotel en ese lugar tranquilo y apaciguado, con unos grados menos de temperatura que en la ciudad, era lo que en realidad buscábamos. Cuando abrimos la puerta de la terraza entró una mariposa con alas pintadas,  creo que es la Autographa Gamma, que han invadido Granada. Cuando era pequeño, me enseñaron a respetar a estas mariposas del verana, porque decían que cuando llegaba un mariposa a tu ventana era el anuncio de un buen agüero, y de que pronto iba a recibir carta, ahora en estos tiempos de móviles, lo lógico es pensar que esta mariposa entrada en la habitación del hotel es el anuncio de una llamada telefónica, pero quien me va a llamar a nosotros a las 8 de la mañana.
     Recopilar solamente un  mínimo porcentaje de los autores famosos que hablan sobre Granada sería una labor ímproba. De los primero viajeros que recuerdo, fue el austriaco Jerónimo Münzer, viaje por el “Reino de Granada”, que llegó a esta ciudad a mediados de octubre de 1494, acompañado de tres jóvenes amigos, hijos de opulentos mercaderes, llamados: Anton Herwart, de Augsburgo, Kaspar Fischer y Nicolays Wolkenstein, de Núremberg.
     No pude evitar recordar las lecturas de los “Orientales” de  Zorrilla donde toca el tema morisco y le da un impulso poético que no se ha podido superar. Por esta labor poética fue coronado en Granada como poeta nacional, en un acto oficial en el Palacio de Carlos V, en 1889 cuyo diploma se encuentra en la casa natal el dramaturgo en Valladolid. Uno de los primeros “Orientales” más bellos  que escribiera el vallisoletano: “Corriendo van por la vega/ A la puertas de Granada/ Hasta cuarenta gomeles/ Y el capitán que los manda”. Además Zorrilla escribe La leyenda de Alhamar y Granada.  Según Melchor Fernández Almagro “Zorrilla no quiso cantar a Granada sin conocerla, no ya por natural exigencia del tema que había propuesto desarrollar, sino también, de seguro, para goce de su ávida sensibilidad…” Llegó Zorrilla a Granada en abril de 1945 (“Granada de la literatura Romántica española”, pág. 61). Melchor Fernández Almagro fue académico de la Real Academia de la Lengua en 1951, su discurso fue contestado por el arabista Emilio García Gómez, al que llamo “moro amigo. Porque Melchor era granadino (1893).  Melchor y Federico Garcia Lorca, tuvieron cierta amistad, se conocían desde que Federico estudió Estudia Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Granada. Se carteaban, en una de ella, datada en 1929 le dice: “Me aburro de una manera terrible en Granada…encuentro en todo una dolorosa ausencia de mi propia y verdadera pena. Así estoy. Necesito irme muy lejos.”
      No podemos olvidarnos de Ángel Ganivet, autor entre otros trabajos de Granada la bella o Libro de Granada, porque Granada es una confusión impresionante de los sentidos, sueño de colores y sonidos que palpándolo todo se van llevando la sinfonía de las infinitas amapolas de la Vela, del Albaycín y la ciudad (Mº Jesús Pérez Ortiz, SUR , lunes 29 de septiembre 2003). Y es que Granada como también dijera otra granadino ilustres Marino Antequera, el más fecundo sabedor de los entresijos de la ciudad, dijo de la Alhambra que era ¿Beso de dos mundos!, el árabe y es cristiano. pero este tema lo dejaré más mañana.
        Recordé también que Azorín trasladó el expediente de Derecho desde Valencia a Granada para realizar el curso 1891-1892, aquí en Granada vivió durante siete meses. Ya que cuenta que el Esta estancia le traerían recuerdo al escritor monovero para escribir “Vivir en Granada”, La Prensa, 18 de marzo de 1945, recogido después en Memorias Inmemoriales (1946). Además publicó en ABC (5-02-1946) “tres granadinos”, en referencia a C. Matos, E. Selles y Martínez de la Rosa.
       Parece que cuando  los poetas son alzados a los máximos honores, resulta que pierden la inspiración sublime que provocaron las ansias de fama, porque la creación nace de la necesidad no de la satisfacción. Los atrevidos y arriesgados artistas, haciendo, si se me permite un parangón con los espontáneos en los toros, son aquellos que necesita una oportunidad acuciante o bien hace los que le da la gana como nuestro Pablo Picasso.
  





     El origen de Granada es incierto. La primera poblaciones de Granada se remontan a unos 2700 años, pero no se tienen noticias de la  primera ciudad llamada  Ilíberis, Elvira, se situaba en las faldas de la sierra del mismo nombre (60 a.c. al siglo X),  romana durante seis siglos, visigoda y musulmana. En el siglo IV se celebró en esta región el Concilio de Elvida. En el 711 con el paso de los árabes del estrecho se empieza a oír Garnata. En el siglo VIII desembarcó la costa de Almuñécar Abderramán III, superviviente de la matanza de los omeyas, por los abasíes. Tras varias andazas se instaló en el castillo de Torrox, donde más tarde nacería Almanzor.  La Granada actual tiene 1000 años y empezó en el Cerro del Albaycín, frente al barrio de judíos de Garnatha al Yahud (en la colina de la Alhambra).  A los ziríes corresponde su fundación y vertebración en el año 1010. Abd Allah (n.1506) último rey Zirí de Granada destronado por los almorávides.
    Para conocer en profundidad la historia de los nazaríes, tenemos un libro imprescindible: Granada de los nazaríes, de Antonio Gala, libro de encargo de la editorial Planeta. La historia de Granada la podemos encontrar en la Red, dividido por épocas.
    Serían los nazaríes, cuya dinastía iniciara su caudillo Al-Ahmar el Rojo, los que harían de ella (entre 1238 y 1492) el último y más maravilloso bastión del al Andalus (España musulmana), construyendo la Alhambra y dando refugio a un sueño de arte, ciencia y convivencia. Durante más de 250 años, este reino nazarí que se extendía por todo el oriente andaluz, resistiría la presión castellana. Casi cien años más, hasta la rebelión y expulsión de los moriscos de Granada (1568-1571) aguantaría una cultura no deseada por las necesidades de hegemonía política y la intransigencia religiosa de un todopoderoso Felipe II. Así que, en contraste, con la intensidad y densidad de su cultura oriental, Granada sufrió la mayor expoliación humana por razones de raza y creencia de toda Andalucía. Pero esta tierra y esta ciudad ya tenían la "magia" y la sensualidad metida en su sangre, o en su agua, y lejos de uniformarse o apagarse, conquistó siempre a sus conquistadores, invadió de ensueño a sus invasores y sigue resistiendo hoy la presión del materialismo moderno.
    En los s. XVI y XVII, Granada mantiene su prestigio por sus famosas escuelas literarias y artísticas que, junto a su Universidad fundada por Carlos V, hacen de ella uno de los centros culturales más notables de la Península.
    Llegamos a un difícil siglo XIX, lleno de revueltas: primero la invasión napoleónica con sus expoliaciones y violencias, y la reacción de rebeldía posterior, el establecimiento del Gran Oriente de la Masonería, rector de aquellas agitaciones; nueva reacción absolutista que le sucedió, en 1823, y que tendría en Granada violenta repercusión, con episodios tan dramáticos como el de la ejecución de Mariana Pineda; en 1835, Granada se alzaría contra el gobierno central secundando la insurrección malagueña del campesinado y en 1836, se levantaría otra vez para proclamar la Constitución de 1812. En 1868, Granada se alineó contra Isabel II y, al proclamarse la República en 1873, los elementos federales dominantes en la ciudad constituyeron el Cantón granadino, disuelto por el General Pavía después de cuarenta y seis días de existencia.
    Los terremotos de 1884  con epicentro en Arenas, produjo unas 800 víctimas, importantes daños, sobre todo en Alhama de Granada y en Periana (Málaga). la epidemia colérica de 1885 son fechas que destacan dolorosamente en la historia de Granada, ennoblecida desde la segunda mitad del s. XIX por un brillante movimiento literario iniciado por el grupo de escritores que formaron la famosa “Cuerda granadina”, y que fueron secundados por las actividades de la sociedad literaria “El Liceo” y, más tarde, con las del “Centro Artístico” que, hacia 1888, logra su máximo esplendor. Se mantuvo así una tradición cultural cuyo último exponente, hasta llegar a nuestro siglo, fue la “Cofradía del Avellano”, representada por Ángel Ganivet; sin olvidar al universal Federico García Lorca, cuya obra aún hoy sigue generando estudios literarios y emociones al compás de sus metáforas.
  Granada es uno de los destinos más frecuentados por los llamados viajeros románticos en los siglos XVIII y XIX,  que acuden a la ciudad atraídos por su belleza y sus leyendas.
  Un libro que recoge los libros de viajeros  por Granada, es el de Cristina Viñes Millet, aunque es alicantina ejerce como profesora en la Universidad de Granada.  El libro se titula Granada en los libros de viaje, Ediciones Miguel Sánchez, Granada, 1999, con ilustraciones antiguas intercaladas, a mi parecer hubieran estado mejor todas juntas, al final, puesto que distraen la lectura del texto. Son de elogiar la introducción y el capítulo I,  “Granada en los autores árabes".  Lo primeros autores árabes que nos interesan  fueron: Abd al-Malik ben Habibi, (853) granadino. Ahmad ben Muhammad ben Musa al Razi (885-955), cordobés, conocidos por “el cronista por excelencia”. Abu Ubayd al –Bakri (10941) geógrafo cordobés…




   La mañana del día 21 de julio, después de desayunar en el hotel una tostada con aceite de oliva y un café con leche, estábamos solos en el comedor,  tomamos de nuevo el lazo de la antigua carretera y bajamos a Granada. Salí sorteando direcciones prohibidas y haciéndome el turista sordo por la Avenida de la Constitución y Gran Vía, que se llama de Colón, bajo los cuellos de las grandes grúas, escavadoras, y policías locales con sus chalecos reflectantes, dirigiendo o intentado, de una manera sobrehumana, el tráfico rodado. A todo esto hay que unir el calor del veranillo de San Juan, un calor de 36 grados muy bueno para las uvas moscateles.  Entremos en el centro de las obras con ruido,  con policías locales con sus chalecos reflectantes amarillos, sorteamos a los autobuses rojos como obstáculos, direcciones prohibidas, por calle  del Barrio de Realejo, Santos y Vírgenes, calles en subidas y cada vez más estrechas, hasta que por fin encontramos una cartel anunciado del parking de la Alhambra. Este parking es de pago y se encuentra en la parte superior y al Este de la Alhambra. Lo que supone un gran acierto para el viajero ansioso de desprenderse de las cuatro ruedas. Menos mal que llegamos a buen puerto, casualidades de la fortuna, había llegado a la meta de nuestra filosofía de este día: alcanzar los jardines de la Alhambra y el Generalife, aunque bien es cierto que llegamos a través del laberinto más difícil de solucionar, por el peor de los lugares posibles y accesibles, lo más lógico hubiera sido entras por la nueva circunvalación de la ciudad, pasar el túnel y el desvío a Sierra Nevada, y entrar por el sur de Granada. Los coches se guarecen bajo los árboles. El ambiente es tranquilo y la impresión de organización y vigilancia es muy agradable.
   Una vez en la cola de las taquillas compramos una entrada para dos personas que nos costó veinte euros, es la serie 21-D-541852. Lo cual es un dato que documenta todo lo que estoy relatando. Pasamos a los jardines de la Alhambra, cipreses, bosque, canales, flores y plantas cuyos nombres es imposible recordar, más algún gato flaco que disimuladamente nos observa, porque estos gatos sí que son descendientes directos de los gatos de las sultanas y favoritas, son gatos de la raza nazarí felina, gatos pequeños, y distintos, con ojos azules, verdes, amarillos o rojizos, lo más raros tienen en la cabeza como una pequeña flor de lis casi imperceptible. Estos gatos llevan aquí, siglos, alimentándose de insectos, invertebrados y roedores, por eso está todo tan limpio, en realidad lo gatos son lo que mantienen limpia la Alhambra de intrusos, son gatos que vieron a Carlos V cuando llegó a Granada en 1526,  o Washington Irving que moró aquí sobre 1829 y sus cuentos que todo turista se lleva un ejemplar del souvenir como recuerdo y que luego, nadie leerá, porque los recuerdos son para verlos y guardarlos, no para leerlo, sería un sacrilegio abrir un libro de estos y dejar la huella sucia del dactilograma sobre sus páginas impolutas.
    Teníamos que descender hacia el Palacio Nazarí porque veníamos entrada a las 10´30 horas, advierten en un pequeño edicto en la entrada, que si se te pasa la hora, has pedido el pase y te quedas sin ver el corazón de la Alhambra y de Granada, que reside en el pecho del Patio de los Leones. Bajando por el laberinto del devenir,  de setos, fuentes con imaginadas ninfas, mármoles que se suicidan como las estatuas que  Ramón Sijé refiere en La decadencia de la flauta y el reinado de los fantasmas, escaleras del eterno retorno, laberinto selectivo de árboles que caminar hacia arriba no hacia los lados, uno se siente superior como  Teseo el laberinto Creta, porque Teseo es el hombre jefe, el hombre héroe; los rosales tachuelan los arrayanes, son el hilo de Ariadna que te ensañan el camino de regreso, y uno, junto a los demás turistas tiene la sensación de no saber muy bien hay donde te dirigen, pero sientes que no estás perdido, porque mil personas juntas no se han perdido nunca. La democracia no se enseña que un hombre solo no tiene razón, si mil personas dicen que las rosas son claveles reventones y sus pétalos papeletas de votos.
    Este filosofar sobre el eterno retorno, con el perfume en la nariz, el rocío dormido sobre las orificios nasales, fue roto por el ruido del motor de un Dumper (carretilla con motor de gasoil), que pasó entre nosotros con dos jardineros montanos encima. Mi mujer exclamó ¡Ni aquí está una tranquilidad! Uno piensa que los jardineros del la Alhambra podían trabajar a otras horas cuando no hubiera visitantes, porque están por todas partes, pero si, por un casual, trabajaran de noche, a quien molestaría sería a las plantas que es cuando se entretienen en respirar. Yo toco las cortezas de los árboles para percibir su temperatura, respiro profundamente ese olor de los jazmines árabes tienen una intensidad confundida con otras flores de adelfas, veo los colores que se agrupan ante mis ojos, oigo un ruido de charlas en todos los imaginados idílicos sitios, un grupo de japoneses silenciosos nos siguen, a la boca se me viene una pastosidad con el recuerdo de pasas con magdalenas, no proustianas, sino caseras, de las que  mi mujer. Lo altos pinos  mimados son como columnas que florecieron con alma de madera no de mármoles fríos de Macael o de cierra Elvira. Las árboles son gruesos ejemplares que se suben por sus propias ramas, escaleras hacia la luz de Granada tan apaciguada y dichosa.                                            
    Al final de laberinto verde vegetal llegamos a una verja también verde, situada a la espalda de la iglesia de la Alhambra, observen dos grandes columnas tendidas de piedra de aglomerado rojizo almagra, columnas pesadas que más que nada parecen de las que sobraron para el palacio de Carlos V. Un vigilante, de los muchos que hay en este recinto Patrimonio de la Humanidad, impide el paso a los que vienen de la otra parte del laberinto sin llevar la entrada. Ya estábamos en la explanada desde donde se ve  el delicado  Patio de los Arrayanes y  a nuestra derecha el Palacio de Carlos V, fuerte, robusto, viril con anillas en la paredes que sostienen leones y águilas imperiales, brusquedad a la vista del Renacimiento en contraste con las volátiles, fragilidad y elegantes de los delicados fustes de las columnas con anillas y  capiteles labrados que sostienen aéreos arcos ojivales y de herradura al gusto  árabe, en un entrono donde el color y la luz ambiciosa hace toso lo demás. Como dijera Mariano Antequera, hoy en día la Alhambra es como un beso entre dos culturas, hay que aceptarla como lo que es hoy sin vuelta a tras, porque también la historia tiene sus meteduras de pata.
   El cúbico palacio de Carlos V, del Emperador Carlos V, nito de los reyes católicos, e hijo de Juana la Loca y el archiduque, Felipe,  el Hermoso.  Trasladó su corte a las casas reales de la Alhambra, para pasar en ellas el verano de 1526. Surge un deseo, por parte del Emperador de hacer de Granada uno de sus puntos de residencia, por lo que proyectó construir un nuevo palacio, con mayores comodidades y más espacio que el alcázar árabe, pero conectado a éste para seguir disfrutándolo, continuando con ello la labor comenzada por sus abuelos -los Reyes Católicos-, y con el deseo de convertir este palacio en el gran centro del Imperio. Así se llevó a efecto una de las mejores obras renacentistas que se hallan fuera de Italia y el primer gran palacio real de los monarcas españoles. Lo único que sucede es que es un parte arquitectónico en este entorno.
   
    El palacio una de las partes más destacables por su grandeza y suntuosidad, una de las más bellas creaciones del Renacimiento. El arquitecto encargado de la obra fue Pedro Machuca, un enamorado del renacimiento de acreditada experiencia. La construcción del palacios comenzó en 1527 y financió en su totalidad en 1957. La construcción pasó por varias etapas, falta de fondos, sublevaciones que pararon las obras, etcétera. Los techos llegaron a hundirse por abandono. Su amplísimo círculo, de 30 m. de diámetro, ocupa el centro de la construcción y le rodea un ancho pórtico con 32 columnas dóricas. Las columnas, de piedra pudinga del Turro (Loja), corresponden a otras pilastras que decoran el muro del claustro, entre las que se abren arcos, hornacinas y puertas para comunicar con las diversas dependencias del edificio.
   Por allí anda la fuente o llamado Pila de Carlos V (conocido como pilar de las Cornetas en el siglo XVII) fue mandado construir por el Conde de Tendilla. Lo trazó Pedro Machuca, lo ejecutó en 1545 el italiano Nicolao de Corte y lo restauró en 1624 el escultor de Granada Alonso de Mena, con motivo del viaje de Felipe IV a esta ciudad.
      
     Aquí se siente uno más partidario de los tradicionalistas y ortodoxo que los prácticos y racionalistas o de las ciencias actuales porque lo veo como una amenaza  de los valores más básicos  en esta la modernidad y la globalización, es que la pérdida de la identidad de los pueblos, una riqueza que para algunos estudiosos es un lastre o un estorbo a su incapacidad de ver lo propio como necesario, unos pocos hace un mucho, encadenados en un círculo de unidad forjada en el crisol de identidades.
     Uno se encuentra en la filosofía de lo perdido, de no saber qué hacer, qué querer, en un mundo social cuyos valores se desmoronan ante la excesiva tolerancia de los valores morales eternos. La sociedad será lo que ella quiera que sea, el ojo de una aguja es suficiente entrada de luz como para promover un incipiente cambio, anunciar una posibilidad de cambiar el orden tradicionalista que trata de  eliminar todo riesgo e introducción de elementos extraños, por su falta de certeza, que se resumen en  la modernidad, como afirma que el antropólogo G. Balandier la ha podido definir como "la conjunción del movimiento y la incertidumbre". 
    Para conocer este la  Alhambra recomiendo esta página web.

   El Patio de los Leones en el auténtico corazón de león de  la Alambra, es sin duda el ejemplo mas esclarecedor del símbolo del poder del sultán, su famosa Fuente sostenida por 12  leones, representación de naturaleza viva, no deja de asombrarnos, la taza descansa sobre doce leones. La fuente es una auténtica rareza ya que el Corán prohíbe a los musulmanes la representación de seres vivos. Fue mandad construir el por sultán Mohamed V, siglo XIV, (1354-1391) su planta es rectangular, y está rodeado por una galería a modo de claustro cristiano, lejos del estilo del típico patio musulmán andaluz, más parecido al que presenta el Patio de los Arrayanes, sostenido por 124 columnas de mármol blanco y fino fuste, los cuales presentan en su parte superior multitud de anillos, y sostienen capiteles cúbicos y grandes ábacos, decorados con inscripciones y ataurique. Los capiteles hispano-musulmanes se componen de un cilindro y un cubo; como escribe Marino Antequera "la parte almohadillada sobre la que descansa el cimacio, lleva el nombre de garganta, la que casi siempre ostenta decoración de cintas que se entrelazan y aun con más frecuencia caen verticalmente y sin cortes".  Los techos presentas mocábares o estalactitas (biseles seccionados por arquitos apuntados y abocinados, cupulitas generadas por aristas geométricas: cuadrados, rombos, rectángulos).  Los colores en su mayoría verdes, azules y carmesí. La escritura donde se repite el nombre de Alá y Mahoma su profeta es del tipo cúfico-a. En todo este arte musulmán se ve la paciencia, la mesura, el amor a las cosas, la delicadeza, el gusto por los vistoso y ornamental como parte de esta vida sin sentido necesitada del ingenio de los artistas, como parte no decorativa de la vida sino como mensajeros de la espiritualidad y del soporte de los sentidos.  Bajo el friso de madera tallada corren arcos de yeso peraltado, menos los de los pabellones y extremos de los lados más largos de la galería, que son de mocárabes, con enjutas de decorado calado en forma de rombo. Los dos centros de los lados más largos del patio tienen arcos de medio punto mayores que el resto y poseen una arquivoltas de mocárabes, mientras que las enjutas presentan una decoración de ataurique (decoración de vegetales).. Estos arcos comunican el patio con la Sala de los Abencerrajes y con la Sala de Dos Hermanas. Algo que me asombró fueron las dimensiones tan extraordinarias de las losas de mármol blanco que pavimentan los salones, y yo me preguntaba cómo fue posible su transporte, su manejo, y es que hay que reconocer que los árabes fueron maestros en este arte de poner solería y azulejos. Sobre estos arcos podemos distinguir los aposentos de las mujeres del sultán. En el centro de cada una de las galerías cortas se encuentran los pabellones, que avanzan sobre el patio, de planta cuadrada, y recubiertos de cúpulas semiesféricas de madera en su interior. Todos son filigranas, alfiz, albanegas o enjutas, almatraya.
    La fuente, que ocupa el centro del patio que mandó construir Mohamed V en el siglo XIV,  por cuya boca mana el agua y sobre los que descansa una gran pila de forma dodecágonas. El agua es el sultán que se desborda por sus súbditos que son los leones. En el borde de la taza hay esculpido un poema de Ibn Zamrak: "El agua que al rebosar se parece a brillantes perlas y líquida plata". Esta fuente, de mármol blanco, es una de las más importantes muestras de la escultura musulmana. No pude resistirme a componer  unos versos, hijos de la inspiración más que de la composición y de la poética.
    El agua mana mansamente
 como una respiración de sultán dormido,
 la luna bombea la sangre de la tierra,
    para  salir saltarina por los cuatro canalillos
     que son los cuatro puntos cardinales de la Tierra,
 el centro del mundo musulmán
 vemos  la voluntad del Creador
 riega a sus fieles leones de una raza
 desconocida, esperan la bendición,
  la caria del líquido de la vida...

    Sobre este patio se ha escrito mucho pero no demasiado, uno de los más aprovechables análisis serios y arquitectónicos sea el de Marino Antequera, pág.62-65, de sus ya citado libro Unos días en Granada, primera edición 1950, y segunda 1987, editorial Miguel Sánchez. Un libro que es un alarde de detalles arquitectónicos sobre toso los monumentos de granada, su historia y su reformas en el tiempo y en la citas de diferentes autores. A mi me gusta el aspecto humano de los edificios de los que vivieron y sintieron nacieron y murieron en estos muros hercúleos, formidables alzamientos al poder regio de los sultanes de grada y de los sabios consejos y caprichos de las huríes. Y como  gallardo moro no puedo sustraerme al recuerdo de La Odalisca, de Ariola:
     ¿DE QUÉ sirve a mi belleza/ la riqueza,/ pompa, honor y majestad,/ si en poder de adusto moro/gimo y lloro/ por la dulce libertad?/
    
    Subimos por el Jardín de Lindaraja, y desde abajo le saqué unas fotos a mi mujer asomada a una de los balcones moros, parecía como una sultana bellísima asomada al alfeizar, sumergida en un atávico tiempo, como si hubiéramos vivido en otra vida, ella mi Jarifa asomada entre los granados en flor y yo el guerrero que acaba de llegar de la frontera. Y allí me senté frente a la fuente el patio ajardinado con arrayanes, rosas y las humilde pilistras, y una fuente centenario y yo recordando a Espronceda, le dijo a mi Julia:
                     Trae, Jarifa, trae tu mano,
                        ven y pósala en mi frente,
                                  que en un mar de lava hirviente
                           mi cabeza siente arder...

    Luego pasamos al patio de Maxeuar, allí vimos una lápida conmemorativa en la pared en recuerdo de un inválido llamado García, que habían puesto los franceses en su retirada de la Alhambra para volarla, pero no pudo ser gracias a este héroe.  Luego llegamos al salón de Embajadores y por la escaleras estrechas subimos por la Torre de Comares, desde cuya azotea, llena de turistas y niños peligrosamente corriendo, se nos vino encima Granada con todos sus riquezas y sus ensoñaciones, las torres de las iglesias, la catedral muestra las joyas de Silóee, el Albaycín con su laberinto de monumentos y tejaos, y encima el Sacromonte mostrando aún la persistencia de las cuevas y los retos de la muralla que circundaba y protegían la ciudad antigua y el Mirador de San Nicolás en El Albaycín, el joven  Bill Clinton, cuando aún no era estudiante es Español en la Universidad, vio uno de los atardeceres más sublimes que jamás hubiera visto, un sol moro crepuscular con su turbante puesto, grande como una corona real de estrellas, que recordaría durante toda su vida, y en el verano de 1997, cuando vino a  España en visita oficial, regresó aquí para enseñárselo a su mujer Hillary Clinton y recordar con añoranza esa tarde de su juventud ya rancia en el recuerdo y demostrarle que nunca le había engañado con enseñarle “la puesta del sol más bella del mundo”, esta vez  vino acompañado de sus majestades los reyes de España ¡Qué esplendor, qué grandeza, qué regalo para los españoles, tan alto honor y adulación presidencia!  Los hosteleros tomaron la frase de Bill Clinton  como eslogan, menudo favor les hizo, creo que le dieron hasta una medalla de oro, no del que cagó el moro, sino de Rodalquilar,  a quien yo llamaría Boabdil Clinton enamorado de la Alhambra, sin entrar en otras cuestiones como cantara o ladrara Antonio Burgos con su artículos irónicos y sátiros anticlinton,  no antiamericanas a los que nos tiene acostumbrado, que eso sería cuestión de estudio jurídico.  
    Luego subimos al Generalife por  los túneles de jardines colgantes y la jacaranda, por lo dédalos de recortados setos de cipreses, y de los recuerdos que me quedo el patio del ciprés  que, según la leyenda fue testigo de los amores de un caballero abencerraje y la sultana esposa de Boabdil. Llevado por el murmullo de los surtidores, las alargadas piscinas reflejando los arcos y las puertas ojivales y la luz de los falsees de los turistas que abunda como patatas, aquí saqué una fotografías y a la flor color nieve de un ficus. Y es que aquí uno no puede resistirse a enamorarse, porque yo soy muy dado al enamoramiento de lo bello y  lo sublime.
   Salimos de la Alhambra a eso de las 14 horas, para tranquilizar mi vicio, compré algunos libros y recuerdos.  No puede sustraerme a comprar algunas guía y libros, que luego me servirán de consulta e inspiración, y de los que tomaré la experiencia de otros autores que vivieron y amaron esta tierras. Y es que en Granada uno se siente gozoso, bellamente reconquistado, harto, y casi engordo, como ese bello relato titulado "Los gatos panzones de Granada", de mi prima Luci.
    Regresamos al Hotel San Gabriel para comer un buen chuletón de buey, carne exquisita. Al terminar de comer llegó un autocar lleno de una excursión de japonesas, todas mujeres jóvenes, vestidas como turistas de pantalón corto y gafas de sol. Por la tarde se dieron un buen chapuzón en las azules aguas artificiales de la  piscina rodeada de araucarias y abetos de alta montaña que de seguro le recordarían los cedros y los cerezos de la montaña sagrada de Fuji. Cuenta una leyenda japonesa que hace mucho tiempo, un anciano encontró a una niña recién nacida en una de las laderas de Fuji,  la llamo Kaguya-hime. Al crecer, la niña se transformó en una hermosa mujer y se casó con el Emperador. Pero transcurridos siete años de su matrimonio, le dijo a su marido que como no era mortal, debía regresar al cielo. Para consolar al Emperador, le entregó un espejo diciéndole que en él siempre podría verla. El Emperador, deseoso de ir al cielo junto a ella, utilizó el espejo para seguirla hasta la sima del Fuji... pero no pudo continuar. Su amor desengañado hizo que se prendiera fuego al espejo y desde ese día, de la cima de la montaña, siempre sale fuego.

     Uno de los autores que quizás más publicidad ha dado en el extranjero, sobre todo entre anglosajones y norteamericanos ha sido Wishington Irvin que con sus “Cuentos de al Alhambra” está por todas. Partes. Hemos de recordar que Washington (1783-1859) nació en Nueva York siendo el menor de once hermanos. Su padre era un rico comerciante y su madre, una inglesa nieta de un clérigo. Ambos sentían gran admiración por el general George Washington (primer presidente de EE.UU.) y en su honor nombraron a su hijo. Desde pequeño desarrolló una pasión por los libros. Realizó estudios de Derecho, pero sus intereses se inclinaban más por el periodismo y la escritura. Durante los años 1804 y 1806 viajó a través de Europa. Como miembro del cuerpo diplomático de su país vivió en Madrid donde escribió "Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón" (1828) y "Cuentos de la Alhambra" (1832).





   
 


    Por todas partes en la ciudad de Granada aparecen carteles de Centro Urbano, porque Granada, la verdad, es que con estas obras en un caos total, y pasaje a infierno, y esto es una verdad que todos los granadinos urbanos reconocen. Los autobuses nunca sabes don de te van a dejar, y el centro es imposible, pero siempre hay parking de pago. Salimos por la mañana del día 23 a recorrer el centro, no sabía si tomar un taxi o tomar autobuses, pero yo, valientemente,  entré por la carretera de Murcia al laberinto del Albaycín o Albaycín, a partir de la once queda prohibido circular por este barrio, lleno de historia, de iglesias, de calles estrechas en forma de L, arcos, adarves, y cuando te das cuenta ya has pasado por al iglesia del Salvador, sin poder aparcar en ningún sitio. a mi parecer todo el Albaycín debería esta dedicado al paso de peatones y que los coches se vayan a tomar leches. Obligado por la única dirección que había, estrecha y quebrad como el rayo que no cesa, llegué hasta ver la Alhambra desde abajo, desde el borde del Barro encajonado buey de agua y pequeños puentes casi romanos, y paseo de los Tristes. Luego regresé no sé como por un arco, y por la larga y estrecha calle de san Juan de los Reyes, y sin saber como y por arte de magia llegué a la Cancillería, Plaza Nueva, y no sé muy bien cómo, en medio del tráfico, silbatos de guaridas, obras, ruidos y una luz impávida aparqué en un parking que está debajo del Mercado Central, se llama San Agustín, detrás de la catedral, hay que callejera un poco pero no es difícil llegar. Cuento lo del parking, porque estoy seguro que algunos turistas automovilista, me lo agradecerá. Muchos somos los que cogemos el coche y nos lanzamos a las carreteras y ciudades, Yo le llamaría auto-turismo, si es que se me permite un nuevo vocablo, antes de que me lo pise algún hijo sajón.
    Una vez libres del cascarón del Nissan Almera, la verdad es que se portó muy bien,  su motor de gasoil es muy económico y estoy contento con él, salvo los guardabarros que son un desastre, se caen con el menor soplo de viento, y lo pero es que no entra en la garantía. En fine ellos sabrán, pero el cliente está cabreadísimo, tendré que cambiar lo por otro y no será un Nissan, lo aseguro. Lo primero fue visitar la catedral, y después la Capilla Real. En ambos lugares sagrados hay que pagar unos 3 euros por persona. El Interior de la catedral era digna de ver, sobre todo por están reparado el retablo mayor, y habían sacado de sus hornacinas los grandes cuadros de Alonso Cano (1601-1667), y se encontraban expuesto en la catedral, oportunidad casi única de poder verlos de cerca, ¡menuda obra la de este pintor granadino.  La catedral se construyó sobre una mezquita árabe, si estos cristianos no hubieran sido tan fanáticos hoy tendríamos también una mezquita para visitar.
   La catedral, según el libro de Marino Antequera, que había comprado en la Alhambra,   Luego buscamos la Oficina de Información y Turismo allá por el Corral del Carbón, le preguntamos a un guardia civil que hacía servicio de vigilancia de edificios públicos, y no mandó cerca de los Jardines del Triunfo, pero no nos íbamos a dar esa caminata para que nos dieran unas guías, no sé cuantas Oficinas de Información y Turismo puede haber en Granada, pero sin duda, en este centro en la Plaza llama de las Capitulaciones debería haber una, para turistas que andan poquito como yo. Me llamó la atención el nombre de la plaza de las Capitulaciones, capitulaciones que los Reyes Católicos otorgaron a los musulmanes cuando se rindieron a finales de diciembre de 1941, la toma de Granada fue el 2 de enero de 1942, ya que el día 1 era primero de año nuevo, fiesta. Si durante los primeros años  se respetaron, luego no se respetaron y  no se cumplieron por parte de los Reyes Católicos ni por parte de Carlos V ni de Felipe II, que por esto llegó la llamada guerra de Granada o  rebelión de los moriscos en 1568, cuando los moriscos cansado de que no se respetara su lengua, su religión, sus vestigios y el uso de la gumía en los campos, nombraron como rey de los moriscos al Aben Humeya, natural de Mecina Bombaron, en Béznar, aunque otro historiadores dicen que en Cádiar.
       Pero a lo mejor se refiere esta plaza a otras Capitulaciones llamadas de Santa Fe, firmadas el 17 de abril de 1492, en las que Colón pidió los títulos de Almirante Mayor de la Mar Océana, Virrey y Gobernador General de las tierras que descubriera, el derecho de terna (presentación de tres nombres) en los nombramientos de regidores, el décimo o 10% de todas las mercancías que se negociaran en las Indias, derecho de exclusividad en los pleitos que surgieran por las mercadurías indianas, y de contribuir con un octava parte (12,5%) de los gastos de armar naves comerciales, obteniendo entonces el mismo porcentaje de los beneficios.
   Pasamos por la alcaicería, no es que parece un zoco árabe, es que lo es, aquí se paga la alcabala por el comercio de la seda alpujarreña, y también está la plaza de Bibarrambla, con su fuente de los gigantes que aunque es del siglo XVII, fue traída aquí en 1940, encima hay un Neptuno. Antes estuvo aquí la estatua de Fray Luis de Grabada pero se la llevaron ala plaza de la iglesia de Santo Domingo, lugar donde tuvo  vivienda de Torquemada, el príncipe de la Inquisición.  Esta plaza significa “Plaza del río”, estaba cerca del Darro, que ahora pasa soterrado. Fue una plaza muy importante donde se celebraban justas, corridas de toro, autos de fe, y donde algunos moriscos fueron ejecutados.
      Cuando me encontré con un kiosco de prensa compré el "Ideal" de Granada, periódico decano, era el número 24.041, año LXXV, (75 años de vida). Cuesta  1 euro, su director es Eduardo Peralta de Ana, qué lejos quedaron los tiempos del franquismo cuando los directores de periódicos eran elegidos a dedo por el régimen, para controlar la información de lo mucho que tenía que callar. La primera plana tiene el titular "La pelea política vuelve a atacar los grandes proyectos de Granada". Otra noticia "La ruta Granada-Madrid despierta el interés de tres compañías aéreas". Y la foto de portada que es de Ramón L. Pérez, se la dedican a dos músicos, tomada desde el balcón del Hotel Victoria, al fondo puerta Real o "puertará" como la suelen pronuncias los granadinos de toda la vida, para anunciarnos la 55 edición del Festival Internacional de Música y Danza, cuyo director es Enrique Gámez. La página 2 se la dedica a los escollos que tiene Granada para construir un gran teatro, porque era una promesa electoral del 2001. "El alcalde, José Torres Hurtado, ofreció a la Junta de Andalucía que elija otros solares para instalar el futuro espacio escénico..." La verdad de estos reproches se debe sin duda a que el actual Ayuntamiento es actualmente del PP y la Junta es de Chaves.
      La Capilla Real es digna de visitar con los panteón de los Reyes Católicos y el de Juan la Loca y Felipe el Hermoso, los dos panteones muy semejantes pero diferentes estilos. El primer panteón es del italiana  Domenico de Sandro Fancelli y el segundo de Bartolomé Ordóñez. En 1504 ya dispusieron que se erigiera aquí, lo que demostró su predilección por esta ciudad, pero la capilla no se abrió al culto hasta el 10 de noviembre de 1521. La fachada plateresca es de Prada. En el interior se puede visitar una colección de tablas flamencas que era colección de la reina Isabel. También podemos ver una tabla de gran tamaño Roger Van der Weyden “Descendimiento de la cruz”, propiedad del Museo del Prado y prestada no se sabe por cuanto tiempo, supongo que será de 6 meses como la Dama de Elche, ahora en la ciudad del palmeral atávico.
       La catedral es la joya del Renacimiento español, el retablo mayor se está restaurando.

      Por la plaza del Carmen hay un señor jinete de bronce dorado sobre un tejado cercano a una cornisa. La calle de los Reyes Católicos hasta la Plaza Real pertenece a los autobuses urbanos que son de color rojo. La calle tiene un gran toldo amarillento que sirve para dar sombra, ya que el eje de la calle es norte sur. Sin embargo estos todos sin bien dan sombra impiden la salida de los hidrocarburos quemados de los autobuses, y parece un cañón de gas irrespirable, verdaderamente asfixiante.

 

     La Casa de los Tiros de Granada. Esta casa debe su nombre, según Marino Antequera, a unos tiros o cañoncitos que se asoman entre sus almenas. En su interior hay una interesante  colección de arte y archivo documental. Fue palacio de los Granada Venegas, que lo cedieron al estado. La colección comenzó a reunirse poco antes de 1929, una vez decidida la creación de un centro museístico dedicado a la historia de la ciudad. A partir de ese momento, su primer director, Antonio Gallego Burín, contó con la financiación de la Comisaría Regia de Turismo, de la que dependía el museo, para ir adquiriendo piezas singulares que llenaran el discurso previamente diseñado.
Para ello se recurrió a la compra directa en anticuarios y a la adquisición de algún fondo privado, como el que había pertenecido al escritor y periodista Francisco de Paula Valladar. Con el tiempo llegaron al museo otras obras fruto de la donación de particulares, que enriquecieron tanto el fondo del museo como el de su biblioteca, centrada en la historia de Granada, y de su hemeroteca, que reúne prensa granadina desde el siglo XVIII hasta la actualidad.
    Entre estos ingresos son significativos: el legado del escritor Melchor Fernández Almagro, que incluye un rico epistolario en el que destaca su correspondencia con su amigo Federico García Lorca; las donaciones de Antonio Gallego Morell, sobre Ángel Ganivet y su padre, Antonio Gallego Burín; la de Ángeles Guerrero Ganivet, con fotografías y documentos sobre Ángel Ganivet; o la familia Seco de Lucena, sobre el archivo El Defensor de Granada.  Encontrará más información sobre las últimas adquisiciones en la sección Incremento del Patrimonio Histórico.
   Se ha publicado un libro de Cristina Viña La Granada de Melchor Fernández Almagro: antología, Diputación y Universidad de Granada, 1992, que debería ser consultado.



    Por al A-92, camino de Alicante, me desvié por Vélez Rubio,  una pueblo con una impresionante iglesia, la gente trajinera con su cosas, las calles están concurridas, son las 11 de la mañana. Subimos hasta Vélez Rubio, por una carreta bien vestida de asfalto, de dura cuesta arriba hasta culminar el puerto, y nos encontramos de cara con el castillo de Vélez Rubio, sobre un montículo bien fortificado. Ya hay varios turismos en la explanada, turistas como nosotros, al pasar por debajo de un gran arco de cadi 25 metros de luz, hallamos a la derecha una puerta, aquí dentro se encuentra la Oficina de Información y Turismo con tiende souvenir en una especie de casa prefabricada. Por dentro es amplia hay turistas, todos españoles. Quien va a venir aquí sino el turismo de interior.
   Hay que comprar algún recuerdo, a mi mujer no le gusta mucho gastar dinero en recuerdos porque lo llenan todo y luego hay que tirarlos. Pero yo me decido por una revista, que se titula “El llanto amargo por al pérdida del Castillo” de José Domingo Lentisco Puche, Separata de Revista Velezana nº 18 (1999), p. 94-118. Un gran trabajo ilustrado, que se refiera a la venta, hace ya casi 100 años, entre 1903 y 1904, de las piezas de mármol del patio al mejor postor.

La historia del Castillo de los Fajardos, la recoge Alberto Conde:

    D. Pedro Fajardo y Chacón, primer Marqués de los Vélez y Adelantado Mayor del Reino de Murcia ordena, en 1506, derribar la antigua fortaleza musulmana e iniciar la edificación del actual Castillo. Para convertir Vélez Blanco en centro de sus posesiones y en sede de una pequeña corte.  Se  concibe con una apariencia exterior de una fortaleza y con una función y disposición interior de vivienda palaciega. Se trata, por tanto, de un cascarón defensivo, en cuyo interior  de estilo de Renacimiento italiana.
   Don Pedro Fajardo, como otros nobles de su época, representó el ideal nobiliaria de su tiempo. En su persona concurrió el doble papel de militar y humanista. Militar por su rango de Marqués y de Adelantado Mayor y humanista por su formación en círculos intelectuales y en especial en el de su amigo Pedro Mártir de Anglería.
Esta misma dualidad, será la que traspase a la edificación que había de convertirse en su morada: Un castillo defensivo cuya planta se adapta al terreno del promontorio sobre el que se asienta y un palacio articulado sobre un patio de dos plantas (auténtica joya del Castillo) desde el que se accedía a los dos principales salones (Salón del Triunfo y Salón de la Mitología) y a otras dependencias del palacio.
Fue construido siguiendo las soluciones arquitectónicas aportadas por el Quattrocento del norte de Italia y decorado con mármoles y frisos de madera en los que se relataban los Trabajos de Hércules y los Triunfos de Julio Cesar, héroes por excelencia de la Antigüedad y a los que Don Pedro vino a compararse.
Por tradición se atribuyen sus trazas al arquitecto y escultor italiano Francisco Florentín, al que también se asocia la figura de otro italiano Martín Milanés. Como se dijo, las obras se iniciaron en 1506. Si bien el palacio incrustado en él se labró entre los años 1512 y 1515.
   A pesar de su importancia, los avatares sufridos por el Castillo de los Vélez en época contemporánea, fueron lamentables y ejemplifican el expolio sufrido por el Patrimonio Histórico español, en general y, andaluz en particular. En efecto, en 1904 (ahora se cumple el Centenario) el patio fue desmontado y trasladado a París; antes de ser reconstruido fue adquirido por el norteamericano Georges Blumental, que lo donó al Metropolitan Museum de Nueva York quedando incorporado a la arquitectura del mencionado Museo desde 1959.
De otro lado, en 1992, con ocasión de trabajos de restauración en el Museo de Artes Decorativas de París, fueron descubiertos diez frisos esculpidos sobre madera. Seis de ellos representan los ?Triunfos de César? y los otros cuatro los ?Trabajos de Hércules?. Datados entre 1510 y 1515, provienen del Castillo y ornamentaban sus dos salones principales. A pesar de ello, el Castillo de los Fajardo o de los Vélez sigue constituyendo uno de los monumentos más importantes de Andalucía y, sin duda, el emblema patrimonial de la comarca almeriense de los Vélez a la que da nombre.
    Muy recientemente ha sido vendido por su propietario, heredero del linaje Fajardo, el marqués de Valverde, al gobierno de la Comunidad Autónoma Andaluza.
   Ya era hora de que alguien responsable se ocupen de él ya que los sucesivos herederos del primer marqués de los Vélez solo heredaron su codicia pero muy poca de su cultura!